La Escuela de Atenas

En la época renacentista se combinaron todos los elementos necesarios para favorecer la unión de la filosofía y el arte. Una filosofía que pretendía rescatar el conocimiento de los grandes filósofos griegos, y un arte que plasmó obras maestras capaces de expresar a través de la belleza y la armonía el saber de la humanidad. Un símbolo perfecto que puede aunar ambas expresiones se da en una obra pictórica nacida de esa doble inquietud: La Escuela de Atenas, donde Rafael inmortalizó dos épocas hermanadas por un ideal común: la búsqueda de la verdad y de la belleza.

    Un joven pintor de Urbino, Rafael (1483-1520) fue llamado a Roma por el Papa Julio II con tan sólo 26 años (seguramente apadrinado por Bramante), para pintar los frescos de tres estancias del Vaticano. Diversas circunstancias habían puesto fin a la labor de los pintores que trabajaron previamente en ellas: Signorelli, Bramantino, Perugino, Lotto y otros de igual importancia, que fueron finalmente relevados por Rafael, quien no vaciló en asumir la magna empresa en su totalidad.

   En la primera estancia, llamada Sala de la Signatura, se ubica la obra en cuestión; era la biblioteca privada del Papa. La temática decorativa de esta habitación gira en torno a cuatro campos del saber: Teología, Filosofía, Jurisprudencia y Arte. La Escuela de Atenas está dedicada a la filosofía. Este mural gigantesco que ocupa una pared, reúne a los más insignes filósofos griegos bajo el marco de un edificio colosal, reflejo de la arquitectura renacentista, que a su vez se inspiró en los modelos clásicos griegos y romanos. El edificio donde se enmarca la escena es un exponente de la arquitectura de Bramante, gran amigo de Rafael. Realzado con bóvedas de medio cañón y una cúpula, está inacabado, reflejando de este modo que las siguientes generaciones tienen que ir construyendo y desarrollando la filosofía. Es interesante observar cómo las catedrales góticas también dejaban obras para las siguientes generaciones, como una señal de perpetuidad.

   En los laterales del pórtico se distinguen dos estatuas: Apolo, dios de la luz, la armonía y el arte, y Atenea, diosa de la sabiduría. Una vez más, se hermanan filosofía y arte, y es que el Renacimiento pretende imprimir en todas sus obras un espíritu que las habite, dotándolas de vida. Todo este fondo sirve de escenario para presentar a los filósofos, que aparecen retratados de forma muy estudiada -tanto en la composición general como en la postura que adoptan-, reflejando en su movimiento la esencia de su pensamiento. He aquí uno de los motivos que denotan la genialidad de Rafael: poder reflejar no sólo las formas físicas, sino también las psicológicas, de las figuras que aparecen, otorgándoles anima y rescatándolos del recuerdo para hacerlos presentes una vez más.

   Los protagonistas del fresco están en el centro: son Platón y Aristóteles; el primero porta El Timeo, el segundo La Etica; ambos reflejan dos mentalidades que han configurado el saber en Occidente. Platón señala el mundo celeste, el mundo de las Ideas, origen de todo lo manifestado, mientras que Aristóteles extiende su mano en horizontal, la tierra, donde prima el mundo concreto y objetivo. Aristóteles fue discípulo de Platón y su obra surge de sus enseñanzas, pero al incidir en el aspecto formal por encima del espiritual, creó una distancia entre ambas concepciones, que con el tiempo se fue acentuando, llegando a ser incluso antagónica. Estas figuras enmarcadas por el arco del fondo configuran por sí mismas un cuadro dentro del conjunto.

   Cada uno de los personajes restantes están agrupados en función de las ideas o ciencias que desarrollaron. Hay varias hipótesis acerca de quién es cada uno, pero vamos a señalar los más claros y representativos. Contemplando el fresco, a la izquierda aparece Sócrates, marcando silogismos con las manos, mientras un atento grupo le escucha; de ellos destaca Alejandro Magno el joven militar, Alcibiades con una túnica azul y Jenofonte, el anciano que está a su lado, representado así por los muchos años que vivió (92), aunque en realidad era muy joven cuando el maestro ateniense vivía. Sócrates transmitía sus enseñanzas en base a diálogos y gustaba de conversar con cuantos se prestaran para llegar, en base al razonamiento, a conclusiones sobre distintos temas -casi siempre de índole moral-, por eso se le representa rodeado de oyentes.

   A la izquierda, bajo los escalones, aparece otro grupo de filósofos, esta vez presidido por Pitágoras, que está escribiendo sobre unas proporciones numéricas y geométricas que aparecen en una tabla que sostiene Anaxágoras. El gran maestro jónico desarrolló el estudio de la armonía, las matemáticas y la música, en una escuela en donde también se aplicaba el conocimiento a la formación del carácter. Anaximandro observa y apunta detrás de Pitágoras, como gran estudioso de las matemáticas y la astronomía. A su lado y de pie, aparece Averroes.

   Detrás de esta escena y vestida totalmente de blanco, se sitúa Hipatia, la última directora de la Escuela Neoplatónica de Alejandría, que además de filósofa, fue médico y científica. Epicuro está leyendo apoyado en la columna, con una corona de laurel y con un rostro sereno que refleja su teoría del placer como verdadero bien, aunque habla de un placer estable, virtuoso y puro. Zenón, está a su lado de perfil, con rostro serio; este filósofo desarrolló extensamente la dialéctica.

   Sentados en los escalones están dos personajes aislados del resto: el primero es Heráclito, con la cabeza apoyada en actitud de meditación; es el más importante de los presocráticos y desarrolló la metafísica magistralmente. Recostado más atrás está el cínico Diógenes, el famoso filósofo de la secta del perro, que rehuía totalmente los bienes materiales y sentía aversión por el mundo de los sentidos, por eso aparece medio desnudo, sobre los escalones, de forma humilde en extremo.

   Pasando al grupo de la derecha inferior, está Euclides, enseñando con un compás, que representa el estudio de las ciencias. Detrás, dos personajes sujetan unas esferas: Zoroastro, que lleva la bóveda celeste, representando los conocimientos astronómicos que caracterizaron a los «mags» caldeos, sacerdotes de la religión fundada por este personaje. De espaldas, identificado por su corona, está Ptolomeo, faraón de la dinastía egipcia de origen griego, sujetando en este caso la tierra.

   Detrás de la esfera celeste, aparece el escéptico Protágoras, quien pronunció la famosa sentencia «El hombre es la medida de todas las cosas». A su derecha aparecen tres personajes enigmáticos en una posición que les unifica y que bien podrían representar las tres edades del hombre; la juventud efímera (es curioso observar que parece querer escapar del cuadro), la madurez (aquí el rostro contempla al observador, que está presente y activo) y la vejez, que ya mira en otra dirección con quietud.

   Hasta aquí los más importantes filósofos que aparecen. A nivel anecdótico es muy interesante observar que era tal la identificación de los renacentistas con los clásicos, que Rafael quiso inmortalizar los rostros de sus coetáneos más emblemáticos en personajes de similares características: el gran Leonardo es Platón, Bramante es el científico Euclides, Miguel Angel es Heráclito y el propio pintor se autorretrató junto a su compañero Sodoma, apareciendo al lado de Ptolomeo. Rafael, con gorro negro, mira al espectador con complicidad. Grandes pensadores y científicos del mundo clásico junto a las figuras clave del Renacimiento, unidos por una comunión de ideas que están más allá del tiempo, porque no pertenecen a una época concreta, sino que participan del conocimiento perenne del ser humano.

   En cuanto al artista, hallamos en Rafael el paradigma del pintor renacentista: sintetiza de forma ecléctica la pureza y la armonía de las formas idealizadas, fiel reflejo de su pensamiento. Recibe influencias de Leonardo en la extraordinaria combinación de claroscuros; trabaja las sombras y las luces con equilibrio y cada detalle del fresco tiene una luminosidad diferente en función de las posturas de los personajes y del foco de luz. De la escuela veneciana recoge la valoración pictórica, a diferencia de los definidos contornos de las formas, tan característico de los florentinos; es decir, utiliza el color para definir formas y volúmenes más que el trazo de un pincel que defina lo mismo, técnica que nos recuerda el esfumatto de Leonardo. Por último, recibe influencias de Miguel Ángel en la monumentalidad de sus lienzos y sus figuras de complicados escorzos.

   En su época, los Rafaelistas y los Miguelangelistas establecieron dos estilos a veces confrontados. El primero creó escuela y gozó de gran éxito social, dado su exquisito trato. Según Vasarifú, su cortesía rivalizaba con su maestría artística. A pesar de su temprana muerte a los 37 años, transmitió sus conocimientos a muchos discípulos que colaboraron en sus obras de forma regular. Por el contrario, Miguel Ángel, de carácter más introvertido e individualista, trabajó en su obra con gran esfuerzo y extraordinario talento, pero solo; no creó un taller donde transmitir su técnica. Sin embargo, Rafael reconocía su genialidad y quiso inmortalizarlo en su obra. En el cartón original que usó para preparar el fresco -que hoy se conserva en la Biblioteca Ambrosiana de Milán- se puede observar que no aparece Miguel Ángel, pero luego decidió incorporarlo. Con ello observamos que Rafael realizaba con cuidado sus bocetos y al mismo tiempo tenía una flexibilidad que le permitía variar ideas que podían mejorarse durante su labor creativa.

   Cuerpo y espíritu, acción y pensamiento se combinan con intensidad en esa búsqueda del conocimiento, en esa inquietud que anima las figuras que buscan respuestas; tan sólo Platón está en perfecta calma y serenidad, en contraste con el movimiento del resto de los filósofos. Como decía este gran ateniense, detrás de toda obra está la idea que le da vida y le permite manifestarse en el mundo visible. Tal vez, al igual que hicieron los humanistas, podamos crear un puente invisible que nos una con aquella forma optimista de ver la vida y aquel sentimiento de juventud tan emblemáticos que se dieron en el Renacimiento, adaptado a nuevas formas que busquen la unión armónica del ser humano con la Naturaleza. El primer paso es creer firmemente en la idea, el resto es cuestión de trabajar arduamente.

  Catalina Simonet