La Filosofía Zen

Una filosofía y una tradición capaz de aunar en sí misma la técnica y la espontaneidad, la simplicidad del espíritu con la elegancia de la forma, el Zen es una semilla que nació en el seno del Budismo. Trasplantada a otras tierras de Oriente, generó nuevas vías, cada una distinta y singular en su forma, pero que en esencia compartían y revitalizaban los conceptos fundamentales de una misma Sabiduría atemporal

   

El Zen es una disciplina espiritual que ha logrado alcanzar una gran aceptación en Occidente, especialmente en las últimas décadas del siglo XX. Esto se debe posiblemente en gran parte a su carácter práctico y a su elegante simplicidad, ya que fundamentalmente se trata de un sistema de meditación espiritual que vivido correctamente permite al discípulo trascender el mundo de las apariencias ilusorias, enseñándole a superar los estrechos límites y contradicciones que por su propia naturaleza dual le plantea la mente racional, permitiéndole así elevar su conciencia de grado en grado hasta alcanzar la sublime percepción de «Lo Real». Es por ello que el maestro Zen D. T. Suzuki supo definir muy acertadamente el Zen como «la Disciplina de la Iluminación».

   El Zen nace en el seno del Budismo y alcanza su expresión definitiva en el Japón a mediados del siglo XIII, influyendo profundamente en la mentalidad y las costumbres de la cultura tradicional japonesa, donde todavía se sigue enseñando y practicando hoy en día en las diversas escuelas y monasterios Zen. Es por ello que las raíces místicas y filosóficas del Zen debemos buscarlas en la vida y enseñanzas del Buda, remontándonos al siglo VI a.C. e incluso más atrás, hasta las tradiciones espirituales del Hinduismo recogidas en Los Vedas.

   Es en la cosmovisión hinduista donde hallamos los sublimes principios éticos y metafísicos de una Sabiduría espiritual, cuya savia vital nutrió el florecimiento y desarrollo de las diversas doctrinas místicas y filosóficas que se extendieron más tarde por toda Asia. La filosofía budista supo integrar en su doctrina, revitalizándolos, los conceptos fundamentales de la tradición hinduista.

   Tras la muerte de Siddharta Gautama, el Budismo se diferenció en dos vías principales de transmisión de sus enseñanzas: el Hinayana o «Pequeño vehículo» y el Mahayana o «Gran vehículo». La Escuela Hinayana, que es más exotérica, ritual y ortodoxa desde el punto de vista religioso, se extendió principalmente por Tailandia, Ceilán e Indonesia. Mientras que la Escuela Mahayana, que es mucho más metafísica, profunda y trascendente desde el punto de vista filosófico, es la que se estableció en el Nepal, Tíbet, China y Japón. Cuando los primeros patriarcas del Budismo llegaron a China para enseñar la «doctrina de la Liberación», se encontraron con una cultura multimilenaria que había alcanzado su edad de oro en el siglo VI a.C. con el pensamiento de Confucio y Lao-Tse.

   El Confucianismo y el Taoísmo enmarcan precisamente las dos tendencias filosóficas o aspectos fundamentales que caracterizan a la mentalidad tradicional china: una es práctica, coherente, metódica y sistemática; cree firmemente en la educación como vía de transmisión de aquellos valores humanos y principios éticos atemporales que aparecen representados en el Hombre Ju de Confucio, como arquetipo del caballero filósofo; en la perseverancia como forma de conquistar dichas virtudes y en la disciplina como forma de preservarlas. Con un gran sentido común y una conciencia social altamente desarrollada, esta vertiente del pensamiento chino alcanza su más alto ideal en el Li u «Orden celeste que rige los mundos», cuya proyección en el plano humano se manifiesta como justicia social en el Estado y como rectitud moral en el individuo. Como broche de oro, China siente un profundo sentimiento de adoración y respeto hacia la Sabiduría ancestral de sus antepasados, cuya herencia espiritual, transmitida por vía de la tradición sagrada, constituye para ellos un valioso tesoro de enseñanzas.

   En contraposición a esta filosofía pragmática y sensata, propia del Confucianismo, el Taoísmo enmarca la otra faceta fundamental del alma tradicional china. Mucho más místico que racional, el pensamiento taoísta es profundamente metafísico; en esencia, el taoísta busca liberarse de todo tipo de límites y ataduras racionales a fin de que la conciencia pueda elevarse libre y espontáneamente hacia la contemplación de la esencia pura del Ser. Por su propia naturaleza inmaterial y trascendente, el Tao se niega a ser definido, pues eso significaría limitar su verdadero sentido, por eso sólo es posible referirse a él a través de metáforas y analogías. Tao es «el río de la vida», el «orden natural de la existencia», pero dicho orden es una condición inmanente del Ser, no una situación imperativa que le viene impuesta desde fuera. El Tao, al igual que el Dharma de los indos y el Maat de los egipcios, es inherente a la naturaleza íntima de cada ser, y aquél que puede llegar a percibir esto, se halla por tanto en camino de descubrir en sí mismo la Verdad ultérrima de la existencia, por eso Tao significa también «la Vía» o «el Camino», un camino que sólo se puede percibir con la Sabiduría Intuitiva. Los taoístas desconfían de las definiciones y los conceptos propios del lenguaje que utiliza la mente racional, pues para ellos la Conciencia Racional sólo puede proporcionarnos un conocimiento relativo y fragmentario de la realidad, mientras que la Conciencia Intuitiva es la única capaz de otorgarnos un conocimiento absoluto de «lo Real».

    Es evidente que ambas formas de pensamiento son necesarias para el desarrollo espiritual del Hombre, ya que, siendo complementarias, constituyen las dos vías fundamentales que tiene la conciencia para conocer y aprehender la realidad dentro y fuera de nosotros mismos. Sabiduría Intuitiva e Inteligencia Racional, el Yin y el Yang, Taoísmo y Confucianismo, conforman las dos polaridades arquetípicas del pensamiento chino, donde la idea y el sentimiento, la razón y la intuición, el idealismo y el pragmatismo se armonizan en una misma conciencia trascendente.

   Cuando el Budismo Mahayana entró en contacto con la mentalidad china, alrededor del siglo I a.C., fraguó un tipo de disciplina espiritual conocida como Ch’an, palabra que significa «meditación», y que al llegar al Japón, en el 1200 d.C. fue conocida como Zen. Como muy bien señala Fritjof Capra en su libro El Tao de la Física: «El Zen es, por lo tanto, una mezcla única de las filosofías e idiosincrasias de tres culturas diferentes. Es una forma de vida típicamente japonesa y, sin embargo, refleja el misticismo de la India, el amor a la naturalidad y a la espontaneidad de los taoístas y el meticuloso pragmatismo de la mentalidad confuciana». Como escuela budista, el Zen es una disciplina cuyo objetivo final es alcanzar la Iluminación, y para ello toma como modelo y fundamento la vida y enseñanzas de Siddharta Gautama el Buda. Preocupado por el dolor, por las causas del dolor y firmemente dispuesto a hallar el camino que conduce hacia la liberación del dolor y del sufrimiento humano, el Buda alcanzó finalmente la Iluminación meditando bajo «el Árbol Bodhi» en la posición del Loto, llamada Padmasana en la tradición hinduista y Za-Zen en las escuelas Zen. Con este acontecimiento, el Buda establece el arquetipo fundamental del Budismo Zen, demostrando con su propia vida ejemplar, cómo a través de la Disciplina de la Meditación (Za-Zen), el discípulo que se halla en la Vía de la Sabiduría (Do) puede llegar a alcanzar la Iluminación espiritual (Satori) y la Liberación definitiva de todo sufrimiento humano (Nirvana).

   No cabe duda que todas las escuelas de filosofía de Oriente están interesadas en «el despertar de la conciencia» o experiencia de la Iluminación, como objetivo fundamental de su doctrina, y todas ellas proponen distintos caminos para llegar a ella; sin embargo el Zen es bastante especial en este sentido, ya que prescindiendo de extensos tratados doctrinarios y de complejas especulaciones intelectuales, toda su disciplina está orientada exclusivamente a lograr que el discípulo pueda alcanzar eficazmente dicho estado de conciencia o Satori, de la forma más eficaz y directa posible. Al igual que el Tao, el Zen desconfía del lenguaje conceptual propio de la mente racional, ya que el intelecto analiza, compara, clasifica y define las cosas, no por lo que las cosas son en sí mismas, sino por el lugar que ocupan con respecto a las demás cosas, por sus similitudes o diferencias, por su apariencia y su estructura formal. Pretendiendo inútilmente envasar la vida en bonitos conceptos racionales, la mente construye un mapa intelectual de la realidad, llegando a olvidar que «el mapa, no es el territorio». Por eso los maestros Zen enseñan que: «Un dedo te sirve para señalar la Luna, pero una vez que hayas reconocido la Luna, no sigas mirando el dedo».

   Esta forma de interpretar artificialmente la realidad que tiene la mente racional, es la que lleva a los maestros Zen a afirmar que: «las palabras nunca pueden llegar a transmitir la verdad definitiva, sólo la vivencia directa». Sin embargo, el secreto de la Iluminación espiritual puede ser transmitido del maestro al discípulo a través de la vía discipular. En las escuelas y monasterios Zen, los maestros plantean a sus discípulos complicados dilemas y sutiles acertijos llamados koans, que les colocan ante determinadas paradojas y encrucijadas mentales que constituyen un verdadero callejón sin salida para la mente racional. La finalidad del koan es paralizar todo proceso de especulación intelectual, obligando así a la conciencia a saltar directamente del plano de lo racional al plano de la Conciencia Intuitiva. La finalidad de la disciplina Zen es, por tanto, preparar al discípulo para llegar a la vivencia directa del Satori o Iluminación, pero no todos alcanzan el Satori de la misma manera. De las dos escuelas principales del Japón, la Rinzai o Escuela Súbita, emplea principalmente el método del koan, a través de periódicas entrevistas con el maestro, llamadas sanzen, en las que el discípulo formula una pregunta al maestro relativa al problema que está tratando de resolver, entonces el maestro, siempre de forma imprevisible, le responde generalmente planteándole un nuevo koan, más enigmático aún que el anterior; pero también puede ocurrir que se le quede mirando simplemente en silencio. Todo verdadero maestro sabe cuándo un discípulo está ya preparado para despertar a un nuevo estado de conciencia más elevado, y llegado el momento oportuno, puede provocar eficazmente dicho despertar con un koan, o también con un kiai, un gesto inesperado o una palabra justa.

   Por otro lado, la Soto Zen o Escuela Gradual, utiliza un método más suave, ya que en esencia busca la maduración paulatina y natural del discípulo como: «la brisa de primavera que acaricia la flor ayudándola a florecer»,  haciendo hincapié en que el verdadero despertar de la conciencia debe darse a través de los quehaceres cotidianos del discípulo. La Escuela Soto cultiva la serenidad de la meditación no forzada, empleando la práctica del Za-Zen o Disciplina de la Meditación, como ejercicio fundamental de introspección de la conciencia, cuya práctica correcta y reiterada, permite al discípulo ir desarrollando dentro de sí mismo cierta actitud mental ante las cosas, que debe poder traslucirse después a través de todos los pensamientos, palabras, sentimientos y actos que realiza a lo largo del día. Esta actitud es el Shibumi, síntesis sublimada de toda acción, que se manifiesta como simplicidad elegante, perfecta concentración, desapego en la acción, humildad en el éxito, serenidad impecable, naturalidad en cada gesto y maestría en la ejecución. Como muy bien explica Raymond Thomas «Shibumi es un comportamiento que denota una perfecta comprensión. Tener Shibumi es actuar en la vida de una forma “natural” en todas las circunstancias, sin miedo pero sin ostentación, con autoridad pero sin dominio, con modestia pero sin recato». Para la mentalidad tradicional japonesa, Shibumi es pues la actitud perfecta que debe conquistar todo aquel que pretende alcanzar la Iluminación. Por eso la filosofía Zen considera que cualquiera de las artes o tareas cotidianas son también una Vía o Do, un camino hacia la perfección espiritual. Por eso en Japón encontramos toda una larga serie de artes que van desde lo estético y lo ceremonial hasta la jardinería o el arte marcial, que durante largos siglos han sido consideradas como un Do. Artes como la caligrafía, el arreglo floral (Ka do), la Vía del Guerrero (Bushido), el teatro No, la ceremonia del té (Cha do), la poesía (Haiku), el Ikebana, el Bonsái y las diversas artes marciales como el Kárate-do, el Ju-do, el Aiki-do, el Ken-do, el Kyu-do, el Iai-do, etc.

   Equivalente al Tao de los filósofos chinos, Do es pues «la Vía o Camino que conduce hacia la Iluminación», pero este camino no se basa tan sólo en ejecutar correctamente un determinado arte o en practicar una técnica específica de meditación, como algunos autores pretenden, puesto que el Do es, ante todo, un estado de conciencia interior que se expresa naturalmente a través de una especial actitud mental ante la vida y la muerte, una forma singular de percibir y experimentar la realidad del mundo que nos rodea, un estado del Espíritu tan elevado que impregna de luz todo cuanto el discípulo piensa, dice o hace. Por eso el Do, al igual que el Tao, es a la vez un espíritu y una forma, es, en suma, «el misterioso arte de vivir», y por tanto Do no es sólo el camino, sino también la manera de recorrer el camino. Y esta Vía o Camino de la Liberación no es otro que el Noble Óctuple Sendero propuesto por Siddharta Gautama el Buda: rectas opiniones, rectas intenciones, rectas palabras, recta conducta, rectos medios de vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración.

Francis J. Vilar