La música en el Antiguo Egipto

 La egiptología es una ciencia que ha avanzado mucho en los últimos tiempos, aportando datos que nos acercan a los enigmas de esta milenaria civilización. Sin embargo, hay un capítulo que todavía está por descifrar y que suscita gran cantidad de hipótesis y conjeturas; se trata de su arte sonoro, el más sutil de todos: la música. ¿Cómo era la música egipcia de hace miles de años? Averiguarlo no sólo se supedita a conocer su estilo musical, sino que requiere poder conocer la mentalidad con que la escuchaban, pues tan importante como saber leer sus jeroglíficos, es comprender su escala de valores.

      Para poder profundizar en este tema, debemos tratar de entender primero qué era la música para los egipcios. Su mentalidad trascendente la consideraba como una manifestación física de la armonía que envuelve al cosmos. Según sus creencias, los Dioses, grandes fuerzas de la Naturaleza, habían creado el universo según unas leyes que eran las mismas para el cielo, la tierra y el hombre: «La música es la expresión y la imagen de la unión de la tierra y el cielo; sus principios son inmutables; fija el estado de todas las cosas; actúa directamente sobre el alma y hace entrar al hombre en tratos con los espíritus celestes». Todo en la Naturaleza guarda una estrecha relación entre sí, y por ello el concepto más cercano es el de armonía, equilibrio, que representaron en la diosa Maat. Los hombres, como partícipes del cosmos, sienten la necesidad y la responsabilidad de colaborar en el mantenimiento de este orden y es por ello que necesitan de la música para reflejar ese equilibrio.

      De la misma manera que en todas las cosmogonías el origen del Universo se atribuye al Verbo, a la palabra o al sonido, la voz humana, y por ende el canto, es una expresión concreta del mundo espiritual. De ahí que el canto sea el vehículo de la palabra sagrada. Una forma de decir música es hst, que es «canto» entendido como «fuerza creadora del universo». Gracias a todo lo anterior, podemos entender por qué los egipcios no buscaban en la música la innovación y la originalidad, sino la perfección de las formas y su mantenimiento.

      No es de extrañar, pues, que tuvieran unas reglas musicales muy precisas y una técnica muy concreta, donde nada se dejaba al azar o a la improvisación. Su carácter ritual requería de unos músicos que, además de ser buenos intérpretes, buscaran el perfeccionamiento y el dominio de sí mismos dentro de la búsqueda espiritual, para poder ser fieles transmisores de Maat, del equilibrio cósmico. Consideraban que si ellos no estaban «afinados» internamente según la armonía celeste, era imposible hacer música sagrada. Se entiende así por qué los músicos solían ser sacerdotes o estar vinculados a los templos. Por otra parte, la profesión estaba muy reconocida, especialmente la de cantante; numerosas tumbas así nos lo demuestran.

      Conviene aclarar que además de la música sacra tenían, como siempre ha existido, la popular, que abarcaba desde la música de la corte –con una función de entretenimiento y que alcanzó un alto nivel de refinamiento-, hasta los cantos y melodías tradicionales, donde la alegría era protagonista. No hay que olvidar que otra palabra para «música» era Ihy, que significa «alegría, disfrute». Su símbolo era un loto florecido y por eso muchas arpas aparecen ornamentadas con dibujos de lotos en flor: «Que haya música y canto ante ti, deja tras de ti todo cuidado y preocúpate de alegrarte hasta que venga ese día en que viajemos a la tierra que ama el silencio». Contaban  con música para animar las diferentes labores de cosecha, pesca, caza… con ritmos que marcaban una cadencia que transmitía fuerza y energía. Para los egipcios, la música tiene la capacidad de modificar la sensación del tiempo real y abrir la conciencia a otra dimensión. Esta capacidad, que todos hemos vivido en mayor o menor medida, se relaciona con el término «en-cantar». Es decir, el canto nos hechiza, nos transporta… por supuesto, siempre en función de nuestra sensibilidad.

      Otra ciencia que dominaban era la curación por sonidos o musicoterapia. Se ha comprobado que en muchos templos tenían hospitales donde aplicaban la música como método de sanación. Hoy, a nivel científico, se ha podido demostrar la capacidad curativa de la música, tanto en el cuerpo (soma) como en la psique, lo que nos constata que simplemente estamos redescubriendo una ciencia que ya conocía el hombre antiguo.

       A continuación vamos a pronfudizar en lo poco que se sabe sobre la música egipcia. Las fuentes de investigación son, además de sus jeroglíficos, los instrumentos que se han podido rescatar, su iconografía musical y la actual liturgia copta; ésta consta de diferentes técnicas musicales que, según comentan, realizan «a la manera del antiguo Egipto».

           

LOS INSTRUMENTOS

      Los instrumentos más antiguos fueron probablemente los idiófonos («los que suenan por sí mismos»): sonajeros de cerámica en forma de fruto o huevo, que al percutirse movían semillas en su interior (símbolo de fertilidad); tablillas que chocan entre sí, generalmente hechas de marfil y que producían un sonido agudo; en cambio, los realizados con madera tenían un sonido más grave. Destacan las tablillas hathóricas, con forma de mano y brazo, durante el Imperio Antiguo. El sistro es un instrumento egipcio que produce un sonido de susurro de cañas. Está dedicado a la diosa Hathor, una de las protectoras de la música. Los hay de varios tipos: hay que distinguir el sesheshet (con una naos que sostiene a un Horus sobre el techo) y el sistro sehem (tiene forma de herradura cerrada por la parte superior; el mango suele aparecer con una cabeza de Hathor). Contaban, a su vez, con el menat o collar hathórico, realizado con un contrapeso metálico, símbolo de renacimiento. Por último aparecen los crótalos y címbalos ya en época tardía -posiblemente importados de Grecia-, con un marcado carácter funerario.

      Los aerófonos, o instrumentos que funcionan por la vibración del aire al soplar, abarcan desde los silbatos de concha y los cuernos (los más primitivos), hasta la flauta faraónica (con medidas establecidas según su sistema, que se regía por el codo egipcio de 45 cm). Eran, generalmente, de uno o dos codos de largo, y constaban de tres o cuatro agujeros que se tapaban con las falanges y no con las yemas de los dedos. Producían un sonido claro en los agudos y tenue en los graves, muy parecido a la voz humana.

      Por último cabe destacar los clarinetes dobles, con un sonido ronco y áspero pero penetrante, usado en exteriores (procesiones y representaciones al aire libre). Posteriormente aparecieron los oboes de lengüeta doble y las trompetas, relacionadas con Osiris y la resurrección.

     Entre los cordófonos o instrumentos realizados con cuerda, generalmente de fibra vegetal de palmera, el arpa era la más emblemática y muy apreciada por su dificultad técnica. Había de muchos tamaños y estilos, así como de diferente número de cuerdas (de cinco a doce según la época) y su sonido era más oscuro que las arpas modernas. Su afinación exigía tanto rigor y paciencia que se ha hecho famoso el pleito que se puso a un músico por devolver a un templo un arpa desafinada. Ya en épocas posteriores aparecieron las liras y los laúdes de origen asiático.

      En general, los instrumentos de viento o aerófonos los tañían hombres principalmente, mientras que los instrumentos de cuerda o cordófonos tenían un carácter femenino relacionado con cultos lunares y hathóricos.

     Dentro de la clasificación instrumental faltarían los membráfonos, en los que se percute una membrana de piel. Su tradición se mantiene en la actualidad pudiendo encontrar varias formas que producen un timbre cálido y misterioso. Los tambores y panderos marcaban una música muy rítmica.

 

NOTACIÓN MUSICAL

     A pesar de todas las investigaciones realizadas al respecto, actualmente todavía no se ha descubierto la notación musical. Se cree que no buscaban una fijación de la estructura melódico-armónica, que es el sistema con el que se rige nuestra música occidental actual. Se piensa, más bien, en una estructura numérico-rítmica. Platón, en su tratado sobre las Leyes, escribe: «Parece que hace tiempo los egipcios establecieron la regla (musical) de que la juventud de un estado debería practicar en sus ensayos posturas y entonaciones que sean buenas. Prescribieron éstas en detalle y las fijaron en los templos, y fuera de esta lista oficial estaba, y aún está prohibido a los pintores y todos los otros reproductores de posturas y representaciones, introducir cualquier innovación, tanto en tales producciones como en cualquier otra rama de la música sobre las formas tradicionales… En lo que respecta a la música ha resultado posible para las entonaciones que poseen una corrección natural decretarlas mediante ley y consagrarlas permanentemente (…) Tenían un modelo establecido en la búsqueda de Maat».

      No sería descabellada la posibilidad (contando con que su sistema estuviera escrito en los templos, tal como señala Platón) de encontrar similitudes con una antigua notación griega que representaba las notas con letras; según su duración cambiaban de posición, de color o giraban sobre su eje (lo cierto es que aparecen signos jeroglíficos girados sobre su propio eje).

      Por otra parte, sus escalas buscaban aplicar el Maat y por eso se basaban en las leyes universales y no en meras cuestiones musicales. Parece ser que usaron la escala pentatónica, usada extensamente en Oriente, pero fue derivando hasta la escala de siete notas o pitagórica. No hay que olvidar que Pitágoras, padre de nuestro sistema musical, estudió en Egipto, así que lo que nos transmitió puede proceder del viejo país de Kem.

 

QUIRONOMIA

      En la iconografía egipcia (sobre todo del Imperio Antiguo) aparece una peculiar forma de dirigir que a su vez es común a otras culturas como Israel, Bizancio, China, Japón, India, Tíbet o Mesopotamia, y que pervivió en la liturgia de la Edad Media. Aparecen unos músicos que realizan distintas posiciones de signos moviendo las manos y los brazos. Hickmann fue el primero en investigar desde 1958 esta iconografía, comparándola con las actuales formas de dirigir de los coptos. Resulta difícil imaginar que pudieran, mediante estos signos, ir dictando las notas musicales a los instrumentistas, ya que obviamente resulta muy poco práctica de cara al fluir natural de la melodía. No hay que olvidar que la lectura de una partitura siempre va por delante de lo que realmente toca el músico, como hacemos también al leer en voz alta. Es muy probable que las melodías se interpretaran de memoria tras un estricto aprendizaje, como ocurre actualmente cuando el músico prescinde de la partitura.

      Se contemplan, pues, varias hipótesis. Entre las que parecen más lógicas destaca la que apunta que con el ángulo del brazo indicarían las notas agudas o graves; la mano, según su gesto, podría indicar un final en la fundamental o en la dominante de la escala (primer o quinto grado); la otra mano, ya bien estuviera sobre la rodilla, el muslo o la oreja, podría indicar los tres modos de hacer música. Su creación se atribuye a Thot, que aparece como inventor de la teoría musical. Se dice que creó una lira de tres cuerdas que representaban a las tres estaciones:

- El tono alto, ajet o verano.

- El tono medio, peret o primavera.

- El tono bajo, shemu o invierno.

      De cualquier modo, su interpretación sigue siendo un misterio que despierta numerosas preguntas, como, por ejemplo, por qué hay a veces tres quirónomos con distintos signos frente a un solo músico, o por qué aparecen, en ocasiones, dando la espalda a los músicos. Tras un estudio profundo de la iconografía musical se debe insistir en que cada una de las posiciones de los instrumentistas, de los quirónomos y de los bailarines, no está hecha al azar, sino que refleja una posición real que se preocuparon de inmortalizar de forma estricta según su mentalidad. Nada daba igual: todo estaba supeditado a un complejo ritual que, hecho de otro modo, perdía su capacidad mágica y sagrada, siendo inútil, cosa que se cuidaban en extremo de evitar, tal era su ciencia de lo sagrado.

      Por último, el ritmo tenía un papel predominante, pareciendo más bien que era aditivo, es decir: no sujeto a un ritmo racional mensurable en compases, sino que consistía en determinadas proporciones y números de golpes que se destacaban al inicio de cada ciclo. Lo más parecido que podemos observar hoy sería el ritmo según los derviches o los bailadores de flamenco, que entienden el ritmo como un todo y no dividido en partes iguales; es un ritmo vivo y flexible que evoluciona a través de su ejecución.

 

LA MÚSICA EN EL TEMPLO

      En las casas de los dioses, los templos, se realizaban cultos diarios donde la recitación de textos sagrados iba pareja a la música, usada como «vehículo» de estas oraciones. El canto se consideraba la forma más eficaz de conectarse con lo divino y tenían inspectores de música que velaban por esa pureza musical. La lectura de los textos sagrados era realizada por el portador del libro ritual, el Heri-heb o «sacerdote lector». Se cree que se recitaba de forma silábica (una nota diferente cada sílaba) y también melismáticamente (varias notas cada sílaba), propiciando un estado de concentración especial.

      Se ejecutaban cantos y bailes para los dioses cada día. Todos los templos tenían sus músicos, cantantes y bailarinas. Las Hener, conjuntos formados por cantantes y bailarinas, o «las cantoras de Amón», eran algunos de los nombres que recibían.

      En la fachada exterior de los templos o en sus zonas más públicas, se representaban obras dramáticas recitadas y cantadas, en donde se dramatizaban mitos y misterios religiosos. En estos dramas el clarinete doble ocupaba un importante lugar, al estar al aire libre.

 

RITUAL FUNERARIO

      En las mastabas se encuentra la gran iconografía musical de los quirónomos. Se bailaba con palmas en la casa del embalsamamiento y durante la procesión para llevar al difunto a su última morada. En las mastabas se realizaban ofrendas de todo tipo, incluídas las musicales, para alimentar al ka y mantenerlo unido con los mortales. Las danzas eran de carácter simbólico y representaban el orden del cosmos; los instrumentos solían ser sistros, tablillas de entrechoque y palmas que marcaban el ritmo. En estas danzas se realizaban mudras con las manos y el cuerpo que reflejaban todo un lenguaje parecido a las danzas del Katakali u otras típicas del sur de la India (danza Baratanatya). Por ejemplo. La unión del dedo pulgar (conciencia cósmica) con el dedo índice (conciencia individual), simboliza la unión del hombre con lo sagrado.

      Al tener creencias muy profundas respecto a la vida en el más allá y a la existencia de las divinidades que representaban las fuerzas del Cosmos, su vida rebosaba de una trascendencia que vemos reflejada extensamente en la mentalidad de todas las antiguas civilizaciones. Esto obliga al investigador moderno a empatizar con la cultura a estudiar y a tratar de no estar condicionado por la mentalidad actual, pues estos requisitos son imprescindibles para poder realizar -sin partir de consideraciones a priori-, una investigación seria, exhaustiva y rigurosa, que permita desentrañar parte del lenguaje que tenemos ante nosotros en las inscripciones pero que todavía no podemos entender. Más allá de las cuestiones referentes a su notación musical, sus quirónomos y sus instrumentos no cabe la menor duda de que los egipcios fueron un pueblo que amó y respetó la música con tal intensidad que la tuvieron presente en todos los actos de su vida bajo múltiples manifestaciones. Y es que como decía Platón: «La música brinda un alma al universo, alas al pensamiento, vuelo a la imaginación, encanto a la tristeza, alegría y vida a cada cosa. Es la esencia del orden que ella restablece, y eleva hacia todo lo que es bueno, justo y bello y, aunque invisible, es la forma deslumbradora, apasionante y eterna de todo ello»