Lápiz y papel en mente

Cuando era niña, las jugueterías no eran mis tiendas preferidas. Adoraba las que ofrecían artículos de librería: crayones, lápices, témperas, pero sobre todo… papel. En forma de cuaderno, bloc, afiche, cartulina, en el molde que fuese, pero papel. Ese olor que esconde pulpa de celulosa, fibras vegetales aguadas, madera, árboles, que me remite al mítico papiro del Antiguo Egipto en las riberas del Nilo, ese olor… debe haber perfumado mis cromosomas desde el momento de mi concepción.

Cada vez que veo una resma flamante de papel, no imagino cartas comerciales, aburridos desarrollos de teorías, desvaríos de la ciencia egocéntrica… La relaciono al instante con la mejor de las novelas, la más reparadora antología de cuentos, el poemario más luminoso. Y sobre todo, imagino el desafío apasionante, el tiempo perfecto, el reposo del alma, la introspección fabulosa de dedicarme a escribirlos.

Y ahí surge el problema. El agotamiento atrapa mi mente con apenas garabatear las primeras ideas y redactar un comienzo de párrafo frente al cual el juez que llevo dentro se vuelve pesimista, descreído, desconfiado, implacable. Entonces la tarea, que se suponía agradable, se convierte en un tormento. Todo pasa por el tamiz de un supuesto interlocutor que sistemáticamente censura las frases que, tímidas y titubeantes, intentan desembarcar en los renglones. Nada lo convence, nada lo conforma, y entonces me pregunto si vale la pena exprimir con tanto vigor las propias fuerzas, hasta deshidratarme de ideas y hacer tambalear en baldosas flojas, bajo la lluvia resbaladiza del desánimo, la poca autoestima literaria que supe conseguir cuando era una inconsciente autora de «poemas» adolescentes o algún profesor de la Facultad o de talleres literarios me convenció de que tenía «estilo propio».

Uno quisiera escribir «la canción más hermosa del mundo» y ese deseo nos debilita hasta consumirnos, necesitando desesperadamente un suero de vitalidad y energía que se traduce en abandonar la silla y prepararnos un café, salir a caminar, hacer un llamado, todas excusas para abandonar el barco y dejar de surfear con las palabras por unos piadosos minutos.

Cuando escribo una carta para una amiga o comparto códigos con un receptor individualizado y concreto, las palabras me surgen naturalmente, se sientan con gusto sobre el renglón, no dudan, no tiemblan, fluyen como una corriente de catarsis que hace bien al alma y su relectura deleita y cobija.

Pero cuando intento escribir «de verdad», el duelo conmigo misma es devastador. Las palabras que esperaba huyen y aparecen otras, tan insistentes como insulsas, que no entienden la amargura del delete y bullen como hormigas voladoras, llevándome al país helado de las tachaduras y la resignación… «Después de Borges los adjetivos se han vuelto inmanejables». Y sí.

Entonces recuerdo entrevistas en las que los escritores de verdad hablan de horas y horas de disciplina y trabajo, insisten en que la inspiración es un mínimo porcentaje del asunto, que el quid de la cuestión está en transpirar, en insistir, en tallar la piedra de la hoja en blanco hasta que aparezca la escultura y recién ahí emprolijar sus bordes, acentuar sus gestos, limar las sutilezas y concentrarnos en las filigranas…

Y sé que lo seguiré intentando, porque uno quiere camuflarse en personajes para esquivar la fugacidad de los instantes, plasmar por escrito lo vivido para que no se escape, para eternizarlo, para darle valor. Y agradece desde el último tendón cansado del alma a los que también han confesado ese oscuro caos que los atrapa, para tratar de encontrar una linterna y compartirla. Y agradece novelas como la del peruano Jeremías Gamboa, que acaban por «Contarlo todo»:

«Y de pronto todo resultó natural. La canción hablaba de una suerte de epifanía, de la llegada de la luz y del inicio de un proceso que sólo podía ser creativo, pero además había algo en la ejecución de la pieza, en la forma en que estaba interpretada, que Gabriel entendió como la posibilidad remota de su propia voz. Y entonces fue que supo de una vez por todas que su voz y la de Reed estaban en medio de una fiesta que podría llamarse el centro de la libertad, un espacio privilegiado en que todo era sencillo, esa era la palabra, sencillo y realizable. Gabriel fue consciente de la manera en que las guitarras dejaban escapar notas y desafinaban, del modo en que Reed disparaba su voz sin ningún tipo de dique de contención o sin ningún tipo de preocupación por las propias consecuencias de su voz. (…) No tengo palabras para explicarlo, como el mismo Reed no tendría, pero en ese momento sentí yo, Gabriel, sentí que todo eso era como un rayo de comprensión que descendía directamente sobre mi cabeza y me decía que esa voz en verdad no era de él sino mía, y que había estado oculta dentro de mi cuerpo, agazapada. Supe con total seguridad que si había una maldita manera de escribir para mí en este mundo entero solo podría ser de la maldita manera en la que Reed cantaba esa maldita canción».

Laura Etcheverry