Mandalas

  Al referirnos a los mandalas suele ser inevitable que nuestros pensamientos vuelen veloces a Oriente, a la India védica y al budismo tibetano, en donde cobran su significado más global integrados en su milenaria tradición espiritual. Constituyen verdaderas obras de arte trascendente que, ya sean elaborados con tejidos, pinturas, bordados, tallados o con polvo de arroz y arenas de colores, nos ponen en contacto con el alma de unos pueblos con profundas convicciones espirituales.

   «Mandala» es un término sánscrito que significa «círculo», aunque en su construcción intervienen otras muchas formas geométricas, cuadrados y triángulos sobretodo, además de infinitud de motivos místico-religiosos (dioses, héroes, símbolos, etc.), hermosamente representados con una extensa gama de colores. Con gran variedad en sus diseños -desde los más simples hasta los exquisitamente complejos- mantiene, sin embargo, similares características fundamentales como son un centro, un cuadrado con los cuatro puntos cardinales, un círculo que lo delimita y cierto grado de simetría, equilibrio y armonía.

Simbolismo de los mandalas

   Los mandalas son una forma de expresión artística imbuida de una profunda finalidad trascendente. Son un arte ritual y sagrado que expresan, simbólicamente, la totalidad de la existencia; un modelo del cosmos que integra, de una manera sintética y esencial, la cosmovisión de sus creadores.

   El punto central expresa la idea de «centro del mundo», punto de confluencia de lo sagrado en el espacio profano, a partir del cual se recrea la cosmogonía, el esquema de la creación del mundo, con sus potencias y leyes fundamentales; el misterio de cómo ha venido a la existencia y cómo se ha organizado. Para el pensamiento hindú, Brahma, el cosmócrator, dirigió su mirada hacia los cuatro puntos cardinales antes de la Creación, haciendo una división cuádruple del círculo. Brahma representa el centro, la unidad que preexiste y subsiste al momento primordial cosmogónico. El círculo refleja la diversidad y la totalidad (macrocosmos) con sus cuatro direcciones espaciales. De esta manera, el mandala se constituye como una imago mundi, un microcosmos, una representación a pequeña escala de la Creación.

   En la historia de las creencias religiosas se conoce un sinfín de construcciones y representaciones rituales que expresan esta idea «vandálica» de irrupción de la potencia de lo sagrado en un punto, alrededor del cual se organiza el espacio sagrado. Ejemplo de ello son los templos de todas las culturas: desde las pagodas hindúes hasta las catedrales góticas, pasando por Stonehenge o los templos egipcios y grecorromanos; ciudades sagradas como Tebas, Roma, Delfos o Cuzco; e incluso países enteros con una geografía sagrada como fue Egipto. Según la mentalidad de estos constructores, y tras los rituales que a tal efecto realizaban -como el de orientación, demarcación de los límites, etc.-, en el interior de estas construcciones se expresaba el orden, la sacralidad, lo luminoso, lo atemporal, el bien y la justicia; mientras que más allá de sus muros y fronteras se quedaba el desorden, lo profano, la oscuridad, lo perecedero, el mal y la injusticia.

   Gracias a la recreación de este espacio sagrado, el hombre se podía reintegrar al orden cósmico, llamado Maat por los egipcios, Dharma por los hindúes y Tao por los chinos, solidarizándose con las fuerzas que gobiernan la vida y estableciendo puentes de comunicación estables entre lo divino y lo humano.

Los mandalas en la Naturaleza

   La idea que expresa el mandala no es una invención humana, es más bien un patrón o arquetipo de la Naturaleza. La ciencia moderna de vanguardia ha redescubierto este sentido de totalidad inteligentemente organizada e interrelacionada en sus partes, en donde las mismas leyes y estructuras rigen tanto lo cósmico como lo atómico. Encontramos por ello esta idea mandálica de centro inmóvil y circunferencia repleta de dinamismo, desde las estructuras de las galaxias y los sistemas solares, hasta en la intimidad de los diminutos átomos. Lo descubrimos detrás de los ciclos vitales del agua y del oxígeno, y en la forma de una flor. Cuando cortamos transversalmente una manzana descubrimos un mandala, en una gota de agua que cae en un tranquilo lago; en la estructura cristalina de los copos de nieve; en la imagen del sonido en la pantalla de un telescopio; en la estructura de los cristales, en la de una célula y en la del caparazón de una concha.

Mandalas y psicología

   Ontológicamente, los mandalas expresan la realidad absoluta, y por ello en Oriente son utilizados como vía de meditación, como medio o instrumento para relacionarse con la realidad y comprenderla. En este contexto, se entiende por «realidad» tanto aquella que forma parte del mundo sensible y que puede ser percibida por los cinco sentidos, como esa otra, trascendente, del mundo inteligible, a la que podemos aproximarnos a través de la razón y, sobretodo, de la intuición.

   El psicólogo suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), dedicó gran parte de su vida a realizar un profundo estudio de los mandalas y a relacionarlos con los revolucionarios descubrimientos que realizó en el campo de la psicología. Jung concibió el mandala como un genuino instrumento conceptual, para analizar y sentar las bases de la estructura arquetípica de la psique humana. Fue el redescubridor para Occidente (en la era moderna) de que la estructura de la conciencia poseía la misma estructura que el Universo, dejando reflejadas sus conclusiones en su libro El secreto de la flor de oro. En esta obra de incalculable labor de síntesis entre la sabiduría milenaria de Oriente y sus modernas investigaciones sobre el inconsciente individual y colectivo, Jung descubre, tras largas e intensas indagaciones en los mitos y tradiciones espirituales de la antigüedad, que los símbolos y arquetipos, a parte de ser comunes a todas las culturas -como demostró el antropólogo Mircea Eliade-, son también una herencia común de la humanidad, reunidos en el Inconsciente colectivo, y cuya estructura fundamental se sintetiza en el mandala.

   En el inconsciente individual se halla la memoria y experiencia de una persona desde el momento que nace, pero en el inconsciente colectivo se halla impresa la memoria y experiencia común a toda la humanidad, la expresión psíquica de la identidad que trasciende todas las diferencias culturales y raciales. Sobre esta base se explica la analogía y hasta la identidad de los temas míticos, de los símbolos y de la comprensión humana en su más amplio sentido. Sólo mediante el símbolo, que irrumpe en la conciencia espontáneamente, ya sea en sueños o en vigilia, o provocando su aparición mediante ejercicios y técnicas, puede el «inconsciente» ser alcanzado y expresado, según Jung.

   El mandala, en su clave psicológica, es pues, una representación de la psique humana en su totalidad, de la que la conciencia es sólo una pequeña parte, quedándose el resto relegado al inconsciente.  

 

Antonio Marí