Mestre Mateu, premio-homenaje a “Una Vida dedicada a”

   El Mediterráneo es un mar antiguo y generoso que ha bañado con su sabiduría el perfil altivo de las costas mallorquinas. Siglo tras siglo, con la música que crea el rumor de sus olas, los hombres buscaron conquistar altos sueños. Poetas y músicos, fotógrafos y pintores, sintieron que esta tierra les ofrecía el escenario ideal para plasmar su arte. Muchos de ellos pasaron como peregrinos, bebieron de su dulce aroma y partieron para no volver. Sin embargo, algunos nacieron al calor de su abrazo, crecieron entre sus pinos y encinas, y sintieron nacer a la musa contemplando sus paisajes.

   Mateu Forteza es un hijo bien amado de Mallorca, a la que entrelazó su genio artístico en una larga vida de dedicación a la escultura y al dibujo, haciendo de las artes plásticas una forma de expresión y de enseñanza.

   Nació y creció en las tranquilas calles de Manacor, donde a los doce años improvisó su primer taller de cometas caseras que regalaba a los demás niños. Esa inquietud le llevó a conocer a su primer maestro pocos años después, Eusebio Ferrer, un artesano de la madera que le transmitió el oficio al viejo estilo gremial.

   Su inquietud juvenil se derramaba en miles de dibujos que comenzaron a brotar de sus manos. En esta etapa de ebullición interior la vida le presentó la oportunidad de conocer de cerca a un artista consagrado que iba a dejarle una huella profunda. Por motivos de salud, Anglada Camarasa pasó un tiempo convaleciente y necesitado de ayuda. Encargado de atenderle, Mateu Forteza se atrevió a entablar con el viejo pintor catalán largas conversaciones sobre su pasión común. Su amistad potenciará la relación de nuestro joven con el círculo artístico de Pollença fundado por Camarasa, la llamada escuela pollensina. Este foco cultural había atraído a muchas figuras importantes del momento, que dieron a la isla un aire internacional: Santiago Rusiñol, Joaquín Mir, Miguel Gelabert y Dionis Bennàssar. Un estilo luminoso, de brillantes colores y muy decorativo, alienta a estos autores en sus cuadros y en sus conversaciones. Para Mateu Forteza, supuso un importante punto de partida para iniciar su itinerario creativo en la capital de la isla.

   Cuando él la conoció, Palma de Mallorca era ya una vieja ciudad que había decretado desde antiguo un pacto con el sol, la piedra y el mar. En 1956 nuestro joven soñador se estableció en ella y abrió en la céntrica plaza Mayor su primer taller. Trabajaba con entusiasmo en sus primeros encargos y se sentía feliz, pero algo faltaba, ese “toque de ángel” que hace de la existencia un oasis maravilloso: el amor. Generosa, la vida le hizo un regalo muy especial cuando una muchacha se cruzó en su camino. La veía pasar todos los días por la calle y encendía su corazón con su sonrisa y su dulzura. Apenas tres años después, Magdalena se convirtió en su esposa, y desde entonces ha marchado a su lado como compañera y amiga, inspirando sus proyectos y custodiando su hogar. Dos niños estrecharon aún más sus lazos: Toni, que ha heredado su espíritu artístico, y Carmen, cuya dulce presencia ha sido para el maestro una alegre canción.

   En la década de los años setenta, el éxito de su trabajo le permitió abrir un segundo taller en el barrio de la Calatrava, uno de los más antiguos de la ciudad. En él vieron la luz sus más célebres obras y diversos proyectos para impulsar la creatividad de los mallorquines. Un buen ejemplo de estos es el Grup Dimecres, que fundó con algunos pintores para dedicar todos los miércoles a recorrer la isla pintando su día a día. Otra propuesta más ingeniosa fue la que ofreció con el grupo Farsa de mimo-pantomima, pensado para comunicar ideas a través del teatro reivindicativo.

   Con este telón de fondo, Mateu Forteza se centró en su más íntima vocación: la escultura. Una a una fueron naciendo las piezas que habrían de consagrarle como maestro del cincel. Sus delicados ángeles, trabajados con suavidad y delicadeza de formas, evocan el silencio de ese sigilo celeste que envuelve lo sagrado. Situados en distintos emplazamientos funerarios de la isla, invitan a quienes los contemplan a acallar los ruidos interiores y exteriores para serenar el alma. La más hermosa de estas creaciones fue quizás El Ángel y el Alma, en cuyo abrazo parecen confundirse el cielo y la tierra.

   Entre sus obras más celebradas se encuentra la estatua de sor Francinaina, una religiosa que vivió entre los siglos XVIII y XX, y que fue beatificada el 1 de octubre de 1989 por Juan Pablo II. Para tal conmemoración, se encargó al Mestre Mateu una imagen que aún hoy se venera en el Altar Mayor de la parroquia de Sencelles. Tallada en madera, la escultura refleja el amplio estudio histórico que realizó el artista para revelar con realismo virtuoso al personaje.

   En este acercamiento a la estatuaria sacra orienta sus ojos hacia la Señora, la Madre divina que custodia al pequeño mensajero entre sus brazos. Contemplemos por ejemplo a la Virgen de la Panada, con su sonrisa antigua y el gesto magnánimo que ofrece a sus fieles el sustento diario. Los drapeados que caen de sus brazos, la pureza de la piedra, la gracia de las manos abiertas… evocan majestad y respeto.

   El Mestre Mateu se sumergió aún más en este ambiente venerable cuando recibió el encargo de moldear una figura de Cristo para la iglesia de su pueblo natal. Con una dedicación sincera buscó arrancar a la piedra algo más que formas, algo que más que una figura humana. Él quería plasmar un símbolo, una imagen que despertara la devoción de sus conciudadanos y que les acercase más a Dios.

   El Monasterio de Lluc contiene su aportación al relieve histórico. Situado en el corazón de Sa Tramuntanta, este enclave es el centro espiritual de Mallorca y custodia la antiquísima imagen de la protectora de estas tierras, la Virgen Negra de Lluc. Allí se reunieron todos los municipios mallorquines y acordaron hermanarse en torno a la efigie sagrada por medio de sus escudos representativos. Tales iconos históricos fueron encargados al mestre Mateu, que dedicó largos meses a esculpir los emblemas genuinos de cada localidad en la popular piedra de Santanyí. Con esta obra, el maestro no sólo manifestó la historia y la tradición de la isla, sino también su homenaje a la concordia y a la convivencia armónica de sus gentes.

   Desde aquí podemos desplazarnos a otra faceta de este artista acercándonos a sus gentiles doncellas, efigies de mujer que dejan traslucir el espíritu de lo femenino en la suavidad de sus formas.

   No menos famosos son los dragones que coronan el emblemático edificio del Gran Hotel, en pleno casco antiguo de Palma, o los distintos relieves que jalonan las fachadas más insignes de la ciudad.

   Aunque ama intensamente la escultura, este artista polifacético abrió también los brazos a otros ámbitos, como la escenografía y la tramoya teatral. En la década de los ochenta colaboró con la puesta en escena de la obra El Drac de Eugenio Schuartz con unos magníficos dragones articulados.

   Sus talleres de maquetas para niños estuvieron más relacionados con su vocación pedagógica. Sus pequeñas obras multicolores surcaban los cielos de Palma, llenando la ciudad de risas y color. Con ellas, Mateu Forteza retornaba al espíritu de su infancia.

   Su amor por la tradición se sintió halagado cuando el Ayuntamiento de Palma le encomendó la creación de sus gigantes, grandes protagonistas del folclore mallorquín. Así nacieron los célebres “Gegants xeremiers” que salen del zaguán de Cort con su cornamusa y su tambor en las fiestas populares.

   Ya en el ocaso de su vida, el mestre Mateu ha dedicado estos últimos años a la enseñanza, a trasmitir los secretos de la escultura a las nuevas generaciones que anhelan recoger su legado. Para impulsar esta labor, la Fundación Sophia creó el año 2005 los talleres de escultura bajo su dirección y tres años después sus jóvenes aprendices comienzan a mostrar sus trabajos.

   Entre los sonidos intermitentes del cincel y a la piedra resonaron los aplausos del público, que fueron convirtiéndose en galardones, como el Primer Premio de Escultura del Ayuntamiento de Manacor, el Premio de escultura de la Sala Drac y, sobre todo, el Premi Ciutat de Palma de 1977.

    Mateu Forteza Forteza ha sido un artista entregado a una obra vital y variopinta, que ensalzaba lo sagrado y enaltecía lo histórico y lo bello. Pese a su grandeza como maestro de la forma y moldeador de sueños, él desea sentirse como un hombre sencillo y humilde, que no ansía otra gloria que la del trabajo bien hecho, henchido de amor y de ilusiones.

   Secuestrados al silencio de la memoria, hemos traído hasta el presente viejos recuerdos, gastadas fotografías, imágenes olvidadas y bellísimas esculturas para rememorar la trayectoria de un hombre que creyó en el arte como expresión del espíritu humano. Tras dedicar sus días y sus noches a descubrir los misterios de las artes plásticas, tuvo tiempo de abrir un último espacio a la enseñanza, cediendo su conocimiento a la siguiente generación. Apenas sin darse cuenta, se fue convirtiendo en un modelo y una fuente de inspiración que la sociedad mallorquina nunca podrá compensarle. Sólo nos queda rendirle un sincero homenaje por una vida dedicada al arte…