Grandeza y misterio del Antiguo Egipto

El Antiguo Egipto ha dejado una huella profunda en la historia de la Humanidad. Tanto es así que muchos de los valores, creencias y costumbres que hoy integran nuestra actual forma de vida, tienen su raíz ética y metafísica en la milenaria civilización del Nilo. Sabemos que los más célebres sabios del mundo clásico como Tales de Mileto, Pitágoras, Platón, Plutarco, Solón, Anaxágoras, Anaximandro, Demócrito, Heráclito, Licurgo, Teón de Alejandría, Amonio Sacas, Eratóstenes, Plotino, Hypatia, Hecateo de Mileto, Apolonio de Tyana, Estrabón, Jámblico o Diodoro de Sicilia, adquirieron gran parte de sus conocimientos en las escuelas de sabiduría del Antiguo Egipto, llamadas en lengua egipcia Per-Ankh, que significa «La Casa de la Vida». Si Grecia fue la madre cultural de occidente, no cabe duda de que Egipto es su padre espiritual.

Según Clemente de Alejandría «los antiguos egipcios tenían una enciclopedia con todo su saber sagrado y secreto». Según parece, constaba de 42 volúmenes: seis de medicina, varios de magia, geometría y matemáticas y el resto abarcaba «desde las leyes, la educación de los sacerdotes, la historia del mundo, la geografía, los jeroglíficos, la astronomía, la astrología y la religión». De hecho, cuesta creer que en los remotos albores de la historia, cuando la cultura mediterránea no conocía aún la Edad del Bronce y en el resto de Europa andábamos cazando osos con palos y piedras, en las Casas de la Vida del Antiguo Egipto se formaban ya médicos, juristas, escritores, teólogos, escribas, administradores, filósofos, moralistas, educadores, dirigentes, funcionarios, agrimensores, escultores, pintores, joyeros, ebanistas, maestros artesanos, músicos, matemáticos, astrónomos, ingenieros y arquitectos; que eran capaces de construir colosales pirámides, estatuas y obeliscos; elaborar complejos tratados de matemáticas y geometría; edificar una sofisticada red hidráulica de más de novecientos kilómetros de canales navegables por el Nilo; erigir magníficos templos de piedra policromada y excavar bellas tumbas e hipogeos cuyos muros, techos, estatuas, columnas y sarcófagos, están plagados de textos metafísicos, símbolos mágicos, escenas rituales, calendarios sagrados e imágenes astronómicas.

Pero Egipto no es solo cuna ancestral de los sabios, sino también país de la magia y del misterio. Aún hoy, el término «Antiguo Egipto» evoca en nosotros la imagen de un mundo fascinante y legendario, habitado por grandes faraones, poderosos magos y misteriosos constructores; cuya ciencia trascendía el conocimiento del mundo material y perecedero para elevarse hacia la contemplación de lo divino y lo eterno. Gracias a ellos, el pueblo egipcio pudo participar de una cosmovisión mágica y sagrada integrada en el orden natural de la existencia (Maat), que fue capaz de convertir su propia geografía terrestre en un espejo de la divina armonía celeste y el trance de la muerte en un viaje de tránsito hacia la eternidad. Es por eso que en el Discurso de Iniciación, el dios Thot dice a su discípulo Esculapio: «¿Acaso ignoras, oh Esculapio, que Egipto es la imagen del cielo, la proyección aquí abajo del orden que reina en el mundo celeste? Porque, a decir verdad, nuestra tierra es el centro del mundo».¹

Eso significa que era por medio de las matemáticas, la geometría, la astronomía y la arquitectura, como los egipcios aplicaban el principio de la orientatio dei, esforzándose en convertir su propio espacio natural en un fiel reflejo de la divina geografía celeste. En cuanto al centro del mundo, es una clara alusión a que eran muy conscientes de que sus notables conocimientos científicos y sus grandes logros técnicos, artísticos, políticos, morales y espirituales, los cualificaban como la civilización más culta y avanzada de su época. Por eso venían los extranjeros a aprender en sus escuelas.

Lamentablemente, los mitos de Hollywood no han hecho justicia al país del Nilo, presentándonos a los faraones como crueles tiranos odiados por su pueblo y a los pobres esclavos arrastrando penosamente grandes bloques de piedra, mientras los capataces los molían a latigazos. Nada más lejos de la realidad que esa versión malintencionada del país de los faraones, lo cual significa que quienes escribieron esos fantasiosos guiones no se han leído los textos originales egipcios. Lo cierto es que los antiguos egipcios sentían verdadero amor y devoción por su rey sagrado, el faraón, al que veneraban como el hijo de Ra, el sol; el protector de las dos tierras, garante de la Maat e intermediario natural entre los dioses y los hombres.

Hoy sabemos que las pirámides no fueron construidas por esclavos, sino por hombres libres bien pagados y alimentados, como se ha podido verificar al estudiar las ruinas del poblado de los trabajadores de Guiza o ciertos documentos como el Papiro Mener, un diario de trabajo del capataz Mener, del año veintisiete de Keops, en el que se detalla el pago a los jornaleros, la alimentación que recibían, el origen de los materiales y su transporte por barco hasta Guiza, que duraba unos cuatro días. No hay duda de que los egipcios amaban profundamente su tierra, a la que llamaban Ta-Meri, «la tierra amada». Una tierra bendecida por la presencia de sus dioses, cuyo ka se mantuvo vivo en los templos durante más de 4000 años, alimentado cada día con las ofrendas, ritos y plegarias de un pueblo profundamente religioso, amante de la vida, el amor y la belleza, cuya alegría de vivir solo era superada por su devoción incondicional a lo divino y lo eterno.

Es por eso que quienes han definido a Egipto como una cultura funeraria, cuyos habitantes vivían obsesionados con la idea de la muerte, han cometido un grave error, pues a través de sus textos, sus tumbas, sus rituales y sus monumentos, los antiguos egipcios no rendían culto a la muerte sino a la inmortalidad. Es decir, no es que amasen poco su vida en la tierra, es que amaban aún más la vida eterna. Todas las ceremonias y festivales, las ofrendas divinas y funerarias, las estatuas del ka, las escenas y símbolos grabados en tumbas y sarcófagos y los mágicos amuletos que depositaban entre los vendajes de la momia, garantizaban al alma del difunto un buen viaje por el inframundo y un hermoso destino en los gloriosos jardines de la eternidad.

Asimismo, los textos del ritual funerario y más concretamente, el Libro egipcio de los muertos, son verdaderos textos de iniciación cuya función era preparar el alma del difunto para recorrer con éxito los misteriosos caminos del Más Allá. Un viaje iniciático plagado de múltiples obstáculos, pruebas y peligros que desembocaba en la sala del tribunal de los dioses, donde su corazón sería juzgado en la balanza de Maat. Si el alma del difunto conseguía salir triunfante y obtenía el veredicto de inocencia (Maaheru) podía presentarse entonces ante Ra-Osiris, su padre divino y alcanzar la inmortalidad. Por eso, para los sabios egipcios, ser iniciado en la tierra y desvelar los arcanos misterios de la ciencia divina, significaba experimentar en vida el trance de la muerte y descubrir el supremo misterio de la existencia.

Para los antiguos egipcios, la vida y la muerte eran, por lo tanto, las dos orillas del río de la existencia; los dos estados alternativos entre los que se desenvuelve la Vida-Una. De hecho, podemos decir que para ellos la vida era una escuela de aprendizaje y la muerte el examen final que el hombre tenía que realizar en presencia de los dioses. Por eso llamaban a sus escuelas de sabiduría «Casas de la Vida» y a sus tumbas «moradas de la eternidad», y es que para ellos la muerte no era la extinción definitiva de su existencia, sino un proceso de transformación espiritual y un camino de tránsito hacia la eternidad; mientras que la vida en la tierra es la oportunidad que los dioses brindan al hombre para que pueda ejercitarse en «el arte de vivir», a fin de alcanzar la maestría y convertirse en un imaju, un hombre sabio y venerable.

Javier Vilar

¹ «Los Libros de Hermes Trimegistro». Discurso de Iniciación IX. Pag. 167. Ed. Visión Libros. Barcelona 1979.

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