El principio de todas las cosas

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«Al principio, no había nada…»

¿O sí?

Se cuenta en el Popol Vuh que Tepeu, el gobernante, y Gucumatz, la Serpiente Emplumada, estaban solos y aburridos en un universo que estaba hecho de cielo y de agua. Tenían un gran poder: sus pensamientos y deseos se convertían en realidad. Las estrellas aparecían en el cielo y la tierra surgía del agua; plantas y animales cubrían la superficie terrestre. Todo parecía perfecto. Pero había un problema: no existía nada ni nadie que los adorase; es por eso que intentaron crear a los seres humanos. Utilizaron primero arcilla, pero cuando llovía estos se rompían y se disolvían como si fueran muñecos de cera al lado de un fuego tempestuoso.

Después lo intentaron con madera, pero tampoco funcionó: aquellos seres podían caminar, pero no tenían conciencia y no adoraban a sus creadores. Entonces, los dioses inundaron la Tierra para librarse de los errores de su creación. Y lo intentaron una última vez. En esta ocasión, hicieron humanos de maíz de diferentes colores.

Inmediatamente, estos comenzaron a adorar y a postrarse ante sus creadores.

 Pasaron miles y miles de años…

Aquellos humanos hechos de maíz aprendieron y comprendieron que los dioses se habían escabullido tras los pliegues de la Historia y  pensaron que solo con la ayuda de su ingenio y curiosidad, serían capaces de conocer el verdadero secreto que se escondía tras sus orígenes.

 Después de mucho estudiar, de ensayos, experimentos y fracasos, descubrimientos, eurekas, decepciones y de inventos que parecían sacados del castillo de un mago, solo entonces dieron con aquello de la Gran Explosión…

El Big Bang…

Hace 14000 millones de años…

Todo el Universo, concentrado en una diminuta chispa de casi nada…

Y claro está, más de uno se sorprendió. Incluso a pesar de pruebas que aparentaban ser apabullantes, muchos no lo creyeron.

Pero cuentan que al final, el poder premonitorio y predictivo de la ciencia triunfó.

El Universo había surgido de una mota de nada que lo encerraba todo, de un pellizco de energía inconcebiblemente pequeño que se lanzó a la conquista del vacío para crear el escenario de la eternidad. Y en ese escenario surgieron los seres humanos capaces de curiosear entre los ropajes de los dioses para construir una epopeya que diera cuenta del origen de todas las cosas.

Historias, cuentos, epopeyas…

Los seres humanos construimos nuestra realidad. Con ahínco y perseverancia, trazamos los hilos de una madeja deslavazada y caótica para fabricar el tejido de nuestros días, siempre con la esperanza de que esa trama y urdimbre sea lo suficientemente sensata como para arrinconar la inseguridad.

Uno de los principales motivos por los que la ciencia en general y la astronomía en particular, estuvieron ancladas a un pasado inamovible y perpetuo, fue el miedo, el pavor y la incapacidad de asumir que el Universo podía ser inabarcable y las estrellas, faros silentes situados a distancias imposibles. Aquel vacío físico que llenaba el corazón cada vez que algún iluminado hablaba de la infinitud del cosmos, impedía cualquier rastro de valentía y originalidad.

Ahora, en nuestros días, cargados con la ilusión de una tecnología que parece hacernos tocar el cielo, literalmente, seguimos en el camino de procurar que el miedo no nos atenace, esta vez disfrazando nuestro razonamiento con multitud de pruebas aportadas por máquinas que desafían nuestras propias capacidades, hasta parecer casi un sueño (tal vez para Newton o Galileo, serían una pesadilla).

En ese tejer la realidad, nos hemos atrevido a reinventar las antiguas leyendas sobre el principio de los tiempos, con teorías que son capaces de contar lo que pasó durante los tres primeros minutos de vida del Universo, mientras sonreímos con displicencia y condescendencia ante historias como las del Popol Vuh o tantas otras.

Ciertamente, seguimos en la tarea de construir castillos que nos ayuden a barrer y defendernos de los misterios que nos rodean, intentando comprender en profundidad  los enigmas de un cielo lleno de luz congelada en el tiempo.

Era tras era, hemos caminado por sendas desconocidas intentando entender las extrañas estructuras que configuran el mundo en el que vivimos; hemos intentado manejar nuestra ignorancia con cierto orgullo y dignidad, tratando de apartar de nuestras vidas ese miedo y la terrible desolación: religiones milenarias y principios inviolables, creencias secretas que conspiraban contra los cortos de miras, leyes científicas que nos acercaron y nos acercan a la supuesta verdad, los espíritus de los muertos que no acababan de irse, seres extraterrestres de mente prodigiosa que nos ayudaron a construir pirámides o el dios del dinero o el de la locura asceta…

En realidad, inventamos historias magníficas para curar el espanto que nos produce ese abismo abierto, más allá de la comprensión de la realidad y de la muerte….

En realidad, son solo trucos… Trucos para aventurar sendas que nos conduzcan a un lugar apacible y sereno, más allá del caos y la desesperación: cuerdas invisibles que componen una música infinita e inalcanzable, pasados vividos en un sin fin de reencarnaciones tan lejanas como fútiles, dioses de la ira que se regodean ante el sufrimiento desprovistos del alma de la compasión, imperios que venden protección de pacotilla, o rabinos y gurús de lo indecible que venden la riqueza de un paraíso inventado…

Artimañas, ilusiones creadas para no caer locos ante la ignorancia y el pavor de lo que se oculta tras los velos de una realidad que no sabemos qué es. Incluso un arco iris es una ilusión impresa en nuestra mirada.

Lo más probable es que, el amor sin condiciones, sea lo único que nos redima de ese miedo tan profundo.

Xavi Villanueva

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