Jaume Mir y Amelia García, del Arte a la Educación

Jaume Mir, profesor y eminente artista, es un hijo predilecto de Mallorca, debido a su entregada labor como cronista plástico de la historia. Amelia García, con 23 años de experiencia como docente y un amplio y maravilloso currículum como artista, goza igualmente de un gran reconocimiento en nuestra sociedad. A través de esta entrevista, conocemos sus reflexiones y experiencias en los ámbitos a los que han dedicados sus vidas: el arte y la educación.

 

      Pepa Vélez: Aparte de su labor como artista, ha ejercido la docencia durante mucho tiempo ¿Durante cuántos años fue profesor de Artes y Oficios en Baleares?

Jaume Mir: Durante 44 años. Como profesor era el más antiguo de España. Empecé cuando estalló la guerra, era muy jovencito.

P.V.: Cuando usted empezó en Artes y Oficios ¿cómo estaba la Escuela?

J.M: Cuando fui alumno en la Escuela durante un curso y medio, era estupenda, pero cuando entré como profesor, estaba hecha un desastre y yo me avergonzaba de ser su director; antes no estaba como ahora, que ha vuelto a resurgir un poco. Cuando entré como director había más de 80 alumnos de matrícula, pero la asistencia era de la mitad. Al jubilarme había más de dos mil alumnos, porque aumentaban en trescientos alumnos cada año, y al cabo de cinco o seis años había dos mil.

P.V.: Amelia ¿cuánto tiempo llevas tú ejerciendo de profesora?

A.G.: Yo llevo 23 años. Me suelo implicar mucho en la Escuela, pues también fui directora de la misma. Ahora doy clases de Segundo de Taller Cerámico, pero me gusta cambiar. El año pasado daba una asignatura en los estudios superiores, he dado Teoría del Color y casi de todo, pero siempre muy relacionado con mi trabajo. Los dos hemos dado la asignatura con la que trabajábamos y eso es muy interesante para la propia labor y para los alumnos, porque estás muy al día y lo tienes todo a mano. Se podría pensar que como los alumnos son siempre nuevos se podría dar siempre lo mismo y para ellos siempre sería nuevo, pero no es así, supongo que porque en nuestro trabajo es más difícil dar siempre lo mismo. De hecho, soy incapaz de dar los mismos apuntes de un año para otro, siempre tengo que añadir algo, hacer cambios… porque he de prepararme para darlo como si fuera la primera vez y ahí sí que hay una dinámica y una actividad mental que me parece totalmente positiva. Además, yo les digo a mis alumnos: «vuestra obligación es sacarnos todo los que podáis, la nuestra es darnos a vosotros». Esto te deja agotado. Un profesor medianamente bueno tiene grandes dosis de generosidad, pues prepara muchísimo las clases.

P.V.: Antes estaban comentando que con unas personas hay más estudiantes, una especie de movimiento a favor, y con otros personajes es como si mermara ¿Dónde cree usted que está la clave para ser un buen profesor?

J.M.: Considero que tanto el artista como el profesor tienen la obligación de comprometerse, pues sobre todo la labor del profesor es importantísima. Tuve una experiencia de alumno que me sirvió mucho después, como profesor, lo malo es que no lo sé contestar en tres palabras… En Felanitx no tenía la más pequeña cultura, porque no había siquiera escuela primaria. Vine a Palma con la gran ilusión de que encontraría grandes profesores y me llevé una gran decepción, porque me di cuenta de que ellos no me abrían ningún camino. Después me fui a Madrid y en la Escuela Superior de Bellas Artes había una especie de… no de semidioses, sino de dioses enteros, los mejores escultores y pintores de España; pero lo encontré exactamente igual que aquí y con esto aprendí que si no te entregas, por muy buen pintor o muy buen escultor que seas, no puedes ocupar el lugar de profesor; me di cuenta de que cuanto más grande -normalmente- era el personaje, menos buen profesor era. Yo no quería que salieran pequeños artistas de mis clases, y para eso, en lugar de imponer tu personalidad tienes que dejar que los alumnos desarrollen sus propias facultades y a la vez enseñarles la técnica, el oficio, porque tampoco puede uno ser un buen poeta si no sabe gramática… Y esto es lo que hay que enseñar, y entregarse en cuerpo y alma a los alumnos. Todos los días me paran diez o doce y todos tienen un gran recuerdo mío, pero no ha salido ningún Jaime Mir más pequeño o más grande, no, cada uno ha desarrollado su propia personalidad.

A.G.: Yo estoy de acuerdo contigo. Cuando haces un planteamiento no puede contar sólo tu planteamiento. En mi clase, una de las unidades didácticas importantes es poner en común la opinión de los alumnos; incluso cada vez me abro más, en vez de ajustarme a esos programas tan cerrados. En cuanto veo que el alumno se puede desenvolver solo, me gusta dejar que desarrolle su trabajo personal, porque después de la escuela ya no nos tienen a nosotros y es bueno dejar que empiecen a trabajar por su cuenta, a desarrollar sus ideas, sus capacidades, con la ayuda más o menos oportuna del profesor.

P.V.: El profesor ¿debe ser humano o simplemente enseñar la técnica?

J.M.: Cuando yo llevaba dos años estudiando murió un catedrático de la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid. Mientras los otros me enseñaron poca cosa, este profesor me enseñó mucho, pero más que a modelar, a ser humano. A los tres días le hicieron un homenaje, con varios discursos: del Ministro de Educación y Ciencia, del Secretario General  de Bellas Artes y de un alumno… y me eligieron a mí. Al poco tiempo se escribió un artículo sobre mí, no como escultor, porque no lo era, sino como orador, porque el Ministro quedó asombrado, pues aunque todos lo hacían mil veces mejor que yo, en mí todo era sentimiento: había gente que lloraba porque exalté que aquel profesor se imprimió en mí con una marca, porque más que enseñarme a modelar se preocupaba de los problemas que yo pudiera tener, independientemente de los problemas de la clase. Y esto es lo que yo hice en la escuela de Artes y Oficios: sin olvidar que tenían que aprender el oficio, el secreto de nuestra profesión, me preocupaba más de si tenían un problema. Si yo tuviera que hacer escultura que no dijera nada no la haría, pues como escultor, como pintor y, por lo tanto, como profesor, tenía que enseñar a mis alumnos que lo que hicieran tuviera un mensaje. Yo pensaba: «si mi obra se tiene que hacer para adornar simplemente el palacio de un rico o de un marqués… pues esto no vale la pena, y me hago maestro de escuela» (figura que siempre he adorado y a la que he de hacer un monumento). Y al enseñar, yo hacía todo lo posible para diluir mi personalidad y que cada uno de ellos desarrollara la suya. Recuerdo a una chica que sus padres de ninguna manera querían que se dedicara al arte; yo fui a verles tres o cuatro veces, les invité a comer… porque era una chica que valía muchísimo, y aunque era un poco alocada, tenía unas convicciones extraordinarias, y conseguí que al final su padre la dejara. Yo creo que este aspecto humano debe formar parte del profesorado y aquél que dice al acabar «ya he terminado, ya me olvido…» yo, cuando había terminado las clases, era cuando empezaba de verdad.

P.V.: ¿Qué es lo que trata de transmitir con su obra?

J.M.: Desde el momento en que me jubilé de la escuela de Artes y Oficios me impuse la obligación, de ilustrar la historia en mi escultura. Así como en cada ciudad hay un cronista literario que dice todo lo importante que va sucediendo, pero no un hay cronista plástico, yo me he querido constituir en tal figura, y no sólo del momento actual, sino en especial del pasado. Considero que debemos hacer todo lo posible para amar, conocer y no perder nuestra historia. El tiempo de los talaiots, de los honderos, etc., nos habla de nuestra civilización. Me impuse rechazar cualquier encargo (de un hotel, por ejemplo), por mucho que me ofrecieran, a no ser que quisieran poner un hondero balear o un Ramón Llull, entonces sí. Y esto no va en contra de lo abstracto, pues hay cosas muy bonitas, pero a mí no me dicen nada en cuanto a arte puro, sino que para mí, tanto el pintor como el escultor y el escritor, tienen que dar un mensaje, una enseñanza ¿Qué hacían los escultores con las catedrales? Enseñar a la gente sencilla, porque era la única escuela que tenían, y como en aquellos momentos lo que creían importante era La Biblia, era lo que esculpían.

P.V.: Es una unión muy bonita que dos artistas estén juntos ¿cómo os habéis influido mutuamente como artistas?

A.G.: Son muchas las cosas que influyen en una persona, pero a mí sí que me ha influido mucho la relación con Jaime, a nivel humano y a nivel profesional. Sobre esto último creo que si vemos mi obra y vemos la suya, podría decirse que son dos personas ajenas, dos mundos completamente distintos; sin embargo, en la esencia de los conceptos coincidimos muchísimo: la obra trabajada, pensada, reposada, analizada y desarrollada hasta donde pueda con mi capacidad, con mi formación, con mis conocimientos… También creo que yo he influido muchísimo en su obra -no sé si él lo reconoce o no-, pero creo que desde que estamos juntos, hay una frescura mayor en su obra.

P.V.: ¿Crees que la formación artística ayuda en el desarrollo interior de la persona?

A.G.: Yo creo en la formación a través del arte desde pequeños, pues desarrolla unas necesidades mentales en el niño que son esenciales; si sabes dejar que expresen esa frescura que tienen, se les abre un camino maravilloso de creación y pueden afianzar mucho su personalidad y su capacidad mental. Creo que el dibujo debería ser una asignatura esencial, al mismo nivel que las matemáticas o la gramática.

P.V.: Jaime ¿a quién podemos calificar como verdadero artista?

J.M.: Lo de «artista» es un título un poco rimbombante; yo considero que artista puede ser el que ha hecho estos zapatos si los hace muy bien y además tienen una línea elegante; este «título» antes estaba limitado y ahora se ha extendido mucho. Por ejemplo, cuando yo empecé a estudiar, la fotografía no entraba dentro de la categoría de arte. En 1934 dieron unos premios de fotografía y salió el tema de si era arte o era oficio. Había unas fotografías espléndidas, recuerdo una flor con unas gotas de agua que era un trabajo de laboratorio perfecto, estupendo; pero había otra de un cactus que ganó el primer premio; éste era un aficionado, pero allí había más arte que oficio, y en el otro, que era un profesional, había mucho más oficio que arte, y para mí, que presidía el concurso, pesaba más el arte que el oficio.

P.V.: ¿En qué está trabajando ahora?

J.M.: Yo he recorrido las tres cuartas partes del mundo y en algunos países como Egipto, Grecia, Turquía o Sudamérica, he visto tanta miseria… En Méjico, por ejemplo, está la calle de los indigentes, que tiene 44 km de largo; son unas chabolas hechas de cajas y hojalata, no tienen agua, no tienen luz, y cuando tienen una necesidad tienen que salir en medio de la calle y no tienen ni un peso… El hombre se empeña en destruirse a sí mismo y por eso estoy preparando una obra para representar las lacras que tiene nuestra humanidad, los atentados, los incendios forestales, las guerras, la guerra química, la guerra bacteriológica; nadie hace una representación de esto, para mostrar que esto destruye el mundo. Quiero hacer una estela enorme y en cada una de estas grietas una escena de las violaciones, los atentados… para luego añadir a tres o cuatro grandes espíritus, como pueden ser Lutero King, la madre Teresa de Calcuta o Ghandi, que sostienen el mundo y por eso aún no se desmorona.

P.V.: Creo que ha sido una cosa muy especial estar con usted, porque es un pozo de experiencia y es maravilloso lo que se puede aprender de alquien con experiencia, no tanto por los años sino por lo bien aprovechados que han sido. Quisiera que nos diera algún consejo, algún deseo de buena esperanza para el futuro.

J.M.: Este es el consejo que les doy: que sigan haciendo esta labor maravillosa de dar a conocer estas culturas como Egipto (yo soy un enamorado de la cultura egipcia, pero de Egipto lo ignoramos casi todo, sobre todo humanamente), o Grecia, que tanto tienen que enseñarnos. En este siglo vamos a una velocidad espantosa en adelantos científicos, pero, humanamente hablando ¿hay un hombre superior a Sócrates? No, no lo hay. Y darlos a conocer es una idea y una labor maravillosa, porque significa recuperar la memoria de la Humanidad, que tal vez, con el transcurso de los siglos y en medio de tanta tecnología, ha perdido algo por el camino.

 

«Es el hombre que se quiere desmaterializar de lo cotidiano, de la rutina de las luchas, de las envidias, y aspira a convertirse en un espíritu puro…»

Jaume Mir