La mecánica del dolor

Se dice que nunca valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos y que nunca valoramos la salud hasta que enfermamos o hasta que sentimos dolor, pero…, ¿qué sabemos realmente sobre el dolor?

Primero de todo, para hablar de dolor debemos diferenciar dos tipos: el dolor agudo y el crónico. El dolor agudo es un mecanismo de defensa, nos indica la existencia de una posible lesión y pone en marcha las respuestas necesarias para protegernos. En cambio, el dolor crónico es aquel que ha dejado de cumplir su función defensiva para convertirse en un problema en sí mismo, haciendo que sintamos dolor sin la presencia de un estímulo lesivo.

Si queremos comprender mejor cómo consigue protegernos este mecanismo defensivo tenemos que conocer su funcionamiento. Para captar los estímulos que pueden ser lesivos poseemos una serie de nociceptores, receptores que captan información sobre la localización, intensidad y naturaleza del estímulo. Los nociceptores responden ante un estímulo repetido sensibilizándose, es decir, cada vez se necesita que ese estímulo sea de menor intensidad para que los nociceptores lo consideren dañino y transmitan la información a la médula espinal. Desde la médula, la información debe viajar hasta los centros superiores y llegar hasta el cerebro y, para ello, el mensaje proveniente de los receptores debe seguir dos caminos.

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¿Alguna vez os habéis fijado en que, al darnos un golpe o hacernos una herida tenemos una primera sensación de dolor, en una zona bien definida y de forma intensa e inmediata; después un pequeño momento de calma y, acto seguido, una segunda sensación de dolor, menos intensa y de forma tardía? Esto es consecuencia de ese doble viaje que debe realizar la información nociceptiva desde la médula espinal hasta el cerebro. En el primer caso, la información debe recorrer el camino por fibras nerviosas de alta velocidad y sin pararse en las llamadas «estaciones de relevo», es el dolor como percepción y su función es que interrumpamos de forma inmediata el contacto con aquello que se considera un peligro. En el segundo dolor, la información viaja por fibras nerviosas más lentas y haciendo paradas en las ya nombradas «estaciones de relevo» (como serían el tálamo y la corteza prefrontal, entre otros) que se encargan de dotar a esa información nociceptiva de características  emocionales, experiencias previas, expectativas hacia el dolor, etc., otorgándole una categoría cognitivo-emocional al dolor. Es el dolor como respuesta y nos sirve para garantizar la inmovilidad de la zona lesionada y evitar mayores daños.

Lo que esto significa es que el dolor que sentimos depende de nuestras emociones, memoria, aprendizaje, experiencia, contexto, medio ambiente, razonamiento…, es decir, las redes neuronales evocan pensamientos, sentimientos y conductas con una función protectora que modula nuestra sensación de dolor. Sin embargo, este mecanismo de procesamiento y modulación de los estímulos nociceptivos pensado para minimizar los daños ante una lesión, también puede perpetuar la sensación de dolor, puede conseguir que ese estímulo, en un principio agudo y de función defensiva, se cronifique, perdiendo su función protectora.

Los pensamientos y emociones que tengamos respecto al dolor y la lesión pueden contribuir de forma significativa en su perpetuación o en su velocidad de recuperación; por tanto, si tenemos una actitud victimista frente al dolor, dedicándole de forma continua nuestra atención y dejando que nuestro día a día gire en torno a esa sensación, estaremos retroalimentándolo y provocando que pierda su función útil y sigamos sintiendo dolor sin que esté presente ningún estímulo nocivo.

El hecho de que la cognición entre en juego en el procesamiento del dolor es una ventaja notable, ya que nos permite adelantarnos a los acontecimientos y evitar un proceso lesivo antes de que se produzca y de que nuestros nociceptores empiecen a alertar al cerebro del potencial peligro. Pero cuando nos encontramos ante un dolor crónico donde nuestro sistema nervioso está exageradamente sensibilizado por el continuo estímulo que recibe, el cerebro puede considerar perjudiciales estímulos que no los son en absoluto, llegando incluso a provocarnos dolor solo por pensar en aquello que nos lo causa.

Como se puede observar, el dolor no siempre es un sencillo mecanismo de causa-efecto, sino que hay situaciones en las que su aparición no puede atribuirse a un solo estímulo, sino que es una combinación de diversos factores, ya sean biológicos, emocionales o cognitivos que, por sí solos no son nocivos pero que, combinados entre sí, pueden llegar a producir o perpetuar el dolor.

Para entender este concepto podemos imaginar el proceso doloroso como un vaso de agua, empezamos con el vaso vacío y vamos llenándolo poco a poco, añadiendo una gota por cada factor que poseemos y que provoca o perpetúa el dolor: presencia de contracturas, movimientos repetitivos, malas posturas, sedentarismo, tipo de alimentación, causas hormonales o genéticas, pensamientos negativos y circulares sobre la sensación dolorosa, ansiedad, estrés, etc.; poco a poco vamos llenando el vaso hasta que de forma inevitable, se desborda. Es decir, lo que le ocurre a nuestro cuerpo ante un cuadro de dolor recurrente o crónico (como podría ser el dolor de espalda) es que vamos sumando elementos potencialmente causantes de dolor hasta que acabamos por sentir dolor. Cuando llegamos a este punto, lo que debemos hacer para disminuir o acabar con la sensación dolorosa es, gota a gota, ir vaciando ese vaso hasta que deje de rebosar. Habrá factores, como los relacionados con nuestra genética, que no podrán ser modificados, pero podemos deshacernos de aquellos que forman parte de nuestros hábitos de vida (como el nivel de ejercicio o la higiene postural) hasta que dejemos de sentir dolor.

agua2mbAdemás, el hecho de que tengamos presentes esos factores no es razón suficiente para que sintamos dolor, pues eso depende también de la capacidad que tenga nuestro cuerpo para soportar esos estímulos sin dar la señal de alarma; es lo que se conoce como umbral de dolor. Nuestro cerebro, que es quien tiene la última palabra sobre si debemos o no sentir dolor, aún sabiendo que poseemos dichos factores, puede que  considere que no son suficientes para causarnos daño y, por tanto, no desencadenará ninguna respuesta dolorosa.

Con toda esta información es fácil darse cuenta de que, hasta cierto punto, somos responsables de nuestras afecciones dolorosas y que, en mayor o menor medida, podemos disminuirlas o, incluso, hacerlas desaparecer pues, como muy sabiamente dijo Buda «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional.»

Isabel Salvà