Los Guerreros de Xian, el ejercito de Terracota

      Los Guerreros de Xian han estado largo tiempo viajando por nuestro país: en el Fórum de las culturas de Barcelona; en Madrid, donde estrenaron el Centro de Arte IV Depósito de la Fundación Canal; y en el Museu de les Ciències Príncipe Felipe en Valencia, gracias a la iniciativa de la Fundación Bancaixa. De los miles de visitantes que pasaron ante ellos, muy pocos debieron ser los que no quedaron impresionados al contemplar cara a cara la representación de unos hombres que vivieron hace más de veinte siglos y que quedaron inmortalizados en sólidas formas de terracota.

      Las figuras de terracota son parte del formidable complejo funerario que perteneció al emperador chino Qin Shi Huang (Qin Shihuangdi) y, como suele ocurrir con los grandes descubrimientos, estuvo auspiciado por la mano siempre oportuna de lo que solemos llamar «casualidad» o «azar». En 1974, unos campesinos hallaron en el estado de Xian la punta del iceberg de lo que se declararía trece años más tarde Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Sin embargo, en aquel momento, temerosos de superstición, se apresuraron a enterrarlo de nuevo. La tumba está a pocas decenas de kilómetros al este de Xi’an. Se eleva como una pequeña colina en medio de verdes campos de cultivo. Con forma de pirámide, no es una estructura pétrea, sino una masa de estratos apisonados. Xian ha sido la capital de doce dinastías y, una de las más famosas, la llamada Qin (221-207 a.C.) parece que apadrinó la creación del vocablo «China». Actualmente es una ciudad llena de historia y aunque ha sido destruida y reconstruida, sus muros siguen llenos de vida y tradición milenaria.

      En la historia de China, Qin Shi Huang o Qin Shihuangdi se concedió a sí mismo este título compuesto a partir de alusiones a los soberanos legendarios Huang y al dios supremo de los Shang, Di, anteponiéndole shi, «el primero». Literalmente se puede traducir como «Primer Venerable Divino», o sencillamente, «Emperador». De este modo intentaba subrayar su carácter único entre todos los soberanos habidos hasta entonces y proclamarse a sí mismo como el primero de los de su estirpe. Ascendió al trono de la dinastía Qin a los trece años (256 a.C.), y, aunque sólo dispuso de once años para reinar, supo crear una administración metropolitana de una eficacia hasta entonces desconocida, que significó la centralización del poder y la eliminación del sistema feudal. El camino hacia la unificación del imperio condujo también a la unificación de medidas y pesos, del sistema monetario, de las leyes, de la escritura, del ancho de las ruedas de los carros, del orden jerárquico en las vestimentas y del calendario.

      Entre otras cosas, arrasó también las fortalezas antiguas y algunas fortificaciones fronterizas, pero respetó trozos de murallas de ciertos estados del norte, construidas para la defensa de los temibles xiongnu, parientes orientales de los hunos. La posterior unión de estos trozos de muralla respetados formó la primera muralla china. Su longitud era superior a la que mostraría en su día la segunda muralla, construida en la época de Ming (1368-1644), que tenía aproximadamente 4.000 km de longitud y cuyos restos pueden ser visitados aún en nuestros días.

      Casi todos los funcionarios de los siglos siguientes calificaron al primer emperador de China de tirano inhumano, pero no cabe duda del beneficio que esta unificación supuso para las dinastías posteriores. No pudiéndose resistir al sueño de alcanzar la inmortalidad, instaló 270 palacios de lujo comunicados entre sí por intrincados pasadizos subterráneos. Dentro de este plan también se encontraba la construcción de su propio sepulcro en la que los trabajos tardaron decenas de años, con la participación de más de 700.000 obreros.

        Los enterramientos de cada dinastía se caracterizan, entre otras muchas cosas, porque ayudan a recrear la vida de aquellos siglos e ilustran la evolución de una cultura guerrera, la Quin, belicosa, que construyó la Gran Muralla China, a una pacífica como la Han, su sucesora, en la que el emperador Yang Ling, estableció la Ruta de la Seda (206 a. C. al 220 d. C).

      En el curso de un viaje por su país, murió el emperador del primer estado unificado chino, en el año 210 a.C. Su heredero, que consiguió sucederle después de varias maniobras políticas y que reinó sólo dos años, tuvo que enfrentarse a una serie de rebeliones, por medio de las cuales se manifestó la ira del pueblo, acumulada durante muchos años. El impuesto militar, la carga tributaria y unos tributos que alcanzaban dos tercios de las cosechas, pesaban gravemente sobre la población. Estas sublevaciones impidieron que los últimos operarios terminaran los trabajos en la tumba.

      A los antiguos emperadores de China se les daba sepultura en las llanuras y los cubrían de tierra formando una gran colina. Para velar por las riquezas de los poderosos, ejércitos de figuras circundaban las tumbas; sólo con el tiempo los guerreros quedaron enterrados bajo tierra: a los lados del regio sepulcro construyeron grandes casas con vigas de madera y ladrillos de tierra, y los introdujeron allí para que velaran por el sueño del emperador Qin Shi Huang. Pero con el paso del tiempo cedieron las estructuras dejando enterradas a las estatuas.

       Este ejército se halló a una profundidad de unos cinco metros y los trabajadores del emperador tuvieron que extraer más de un millón de metros cúbicos de tierra, suficientes para llenar más de treinta y seis piscinas olímpicas.

      De los larguísimos fosos paralelos donde se hallan, se han recuperado ya unos 1.500 soldados, aunque se cree que el total puede estar entre 7.000 y 8.000. De hecho, la tumba del emperador aún no ha sido abierta, por lo que se desconocen en su mayor parte los tesoros culturales que en ella se pueden encontrar.

      En el curso de los trabajos de construcción de la tumba, llegaron hasta el nivel de aguas subterráneas y dicen que fundieron, allí abajo, el sarcófago de bronce. Se fabricaron ballestas y flechas automáticas para que si alguien penetrara violentamente, se disparasen inesperadamente. Los cien ríos, el Yangzi, el Huanghe y el Gran Mar, fueron reproducidos con ayuda de mercurio.

      En la parte superior del techo arqueado de la recámara, donde se halla el ataúd, están representados los cuerpos celestes, mientras que la parte inferior está decorada con un mapa topográfico de China y pinturas de paisajes de su amplísimo reino. Se empleó aceite de ballena para el material de las velas y fue largo el tiempo en que no se apagaron. Se plantaron hierbas y árboles para que la tumba semejara a una montaña.

       Llama la atención el hecho de que parece como si cada guerrero hubiera posado uno a uno, de que cada personaje es único. Pero los artistas utilizaron modelos para prefabricar partes de la figura como la nariz, las orejas, las cejas, etc., con lo que las únicas zonas originales reproducidas fueron la cara y las manos. Por otro lado, cada soldado tiene diferentes características, expresiones y credenciales según su rango. Los cuerpos se hacían en serie y eran huecos por dentro. Respecto a las armaduras que se hallaron, eran de piel y los restos de pintura muestran que el color de todas ellas era amarillo brillante, violeta y verde, aunque ahora se ven completamente grises.

      Como curiosidad, cabe destacar que algunos grupos de caballos han podido ser identificados como pertenecientes a la raza Gnasu y Xinjiang. Respecto a las armas, las tropas llevaban arcos, espadas, lanzas y ballestas auténticas; las armas de metal eran de aleaciones muy sofisticadas; todavía estaban afiladas cuando se descubrieron y las puntas de flecha contenían plomo para hacerlas venenosas.

       La imponente formación del ejército, listo para entrar en batalla, sugiere pensar en aquel momento, en el esfuerzo y el arrojo del primer emperador para unificar su vasto imperio. Son formas eternas de lenguaje, sin papel que se lleve el viento, sin tinta que se diluya con la humedad, sin un idioma que pierda con el tiempo sus claves. Lo que ha legado la arqueología es la imagen de lo que convirtió en único aquel momento histórico de China. Una parte de la historia que no haya dejado restos físicos o textos escritos, es como una laguna de algo que nunca existió. Una y otra forma son un justo legado para la posteridad, aunque a veces se tarde muchos siglos en encontrar, como en el caso de la arqueología, o en descifrar, como ocurre con los signos o lenguajes que han muerto.

 

Elvira Rey