Los nuevos paradigmas de la Ciencia

En el transcurso de las últimas décadas del siglo XX la ciencia occidental se ha visto obligada a realizar una profunda revisión de sus bases epistemológicas, teniendo que cuestionar muy seriamente no sólo sus métodos de investigación, claramente antiecológicos, sino también sus fines y su ética.

    Los nuevos paradigmas de la ciencia, surgidos a raíz de los revolucionarios descubrimientos realizados por la Física Cuántica, la Cosmología y la Biología, han echado por tierra la visión de un Universo mecánico compuesto de sólidas partículas materiales, regido por las ciegas leyes del azar, cuyos procesos podían ser predeterminados de forma exacta y rigurosa a través de una objetiva experimentación científica. Pero lo más interesante, desde el punto de vista filosófico, es que la nueva imagen del Universo que emerge de estos recientes descubrimientos coincide plenamente con la visión del mundo sostenida desde hace siglos por la Sabiduría tradicional, tanto de Oriente como de Occidente.

    En perfecta concordancia con esta Sabiduría, a la que Aldous Huxley denominó «la filosofía perenne», los nuevos paradigmas de la ciencia nos presentan la imagen de un Universo holístico, vivo y orgánico, cuyas partes se hallan íntimamente relacionadas entre sí, de forma que todas ellas son completamente interdependientes las unas de las otras, como si de un gran organismo vivo se tratase.

    Por otro lado,  la división clásica entre materia  y espacio vacío ha quedado ampliamente superada, ya que según la teoría de la relatividad de Einstein y la teoría cuántica de los campos «no se puede separar a las partículas del espacio que las rodea, ya que éstas son sólo condensaciones del campo continuo presente en la totalidad del espacio, lo cual significa que las partículas pueden aparecer espontáneamente del vacío y desaparecer de nuevo». El extraordinario descubrimiento de este «vacío físico» que se halla en estado de vacuidad y de la nada, pero que a su vez contiene en potencia todas las formas del mundo de las partículas, casa perfectamente con el «caos primigenio» del que surgió el Universo, según todas las grandes cosmogonías del mundo antiguo.                      

    En cuanto al principio cartesiano de objetividad empírica que trazaba una barrera infranqueable entre el observador y la realidad observada, la «interpretación de Copenhague» enunciada por Niels Bohr y Werner Heisemberg, demuestra que «no existe una línea divisoria que nos separe claramente de la realidad externa que observamos, ya que la realidad es una construcción mental que depende de qué y de cómo se observe».

    Finalmente, la teoría del boostrap de Geoffrey Chew, afirma que «el Universo es una infinita «red cósmica de sucesos estrechamente vinculados entre sí, en el que ninguna de las propiedades  específicas de cualquiera de las partes es fundamental, sino que todas reflejan las propiedades de las demás partes», lo cual significa que «el todo está en la parte y que en cada una de las partes se manifiestan las propiedades del todo».

    La validez de este principio holístico en el ámbito de la conciencia humana, es precisamente lo que ha redescubierto la Psicología transpersonal cuando afirma que «en cada uno de nosotros está contenida la información sobre el conjunto del Universo y la totalidad de la existencia; por eso a nivel experiencial disponemos potencialmente de acceso a todas sus partes, ya que en cierto sentido somos la totalidad de la estructura cósmica».Validando con ello el viejo aforismo de la filosofía socrática que dice: «¡Oh hombre, conócete a ti mismo y conocerás la naturaleza del Universo y de los Dioses!».

    Paralelamente,  las más recientes investigaciones  sobre la Conciencia,  han puesto de manifiesto que más allá del Consciente y del Inconsciente existe el Superconsciente, al cuál pertenecerían todos aquellos «estados de conciencia no ordinarios» que podemos calificar de experiencias místicas o espirituales, aportando pruebas sorprendentes que corroboran la Sabiduría Espiritual de todas las grandes tradiciones místicas y filosóficas del mundo antiguo, con lo cual la frontera entre ciencia y misticismo ha empezado a desaparecer. Como  bien explica el Dr. Stanislav Grof:  «Es muy alentador  que  las afirmaciones de las  diversas escuelas de filosofía perenne puedan ahora sostenerse por datos procedentes de la investigación actual sobre la conciencia ».

      Las reveladoras conclusiones que se desprenden de esta innovadora visión del mundo, propuesta por los recientes paradigmas de la ciencia, arrojan una nueva luz de esperanza respecto al futuro de la civilización occidental en el siglo XXI, pues no sólo unifican a la ciencia del presente con la sabiduría del pasado, sino que al derribar el muro que durante siglos ha mantenido divorciada a la espiritualidad del conocimiento, ha hecho posible el necesario reencuentro entre aquellas dos vías del verdadero progreso humano que jamás se debieron haber separado: la mística y la ciencia, unidas de nuevo ahora en la Conciencia.  

    Creo sinceramente que si los grandes maestros de la Sabiduría perenne tales como Pitágoras, Platón, Buda, Confucio o Lao-Tsé, etc., levantaran hoy la cabeza, aplaudirían con gusto la honesta valentía de unos científicos que a través de sus audaces investigaciones, no sólo han sido capaces de enfrentarse con rigor al rígido paradigma mecanicista que a través de una dogmática ciencia sin conciencia, ha tenido sumergido a occidente en la ciénaga del materialismo, sino que han sabido devolver a la Ciencia su natural dignidad y su verdadera dimensión espiritual, pues como muy bien dice S. Grof: «Las investigaciones modernas han mostrado que toda la existencia está impregnada de una inteligencia superior. A la luz de estos nuevos descubrimientos, la espiritualidad se afirma como un empeño importante y legítimo de la vida humana, puesto que refleja una dimensión fundamental de la psique humana y del orden del Universo».

Francis J. Vilar