Viajando hacia la eternidad, ten piedad Dios mío…

Las luces inmaculadas del interior de la sala se habían encendido hacía ya algunas horas. Relés automáticos y conexiones sutiles habían puesto en marcha de nuevo el corazón de la nave. Cuando el viajero abrió la protección del panel central de observación, una bellísima voz de mujer entonaba “Erbarme dich Mein Gott”, de la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach. Siempre pensó que cuando diera el primer vistazo al objetivo de su viaje, lo celebraría con esa mezcla de sonidos y harmonías de belleza subyugadora. Aquel puntito de luz anaranjado en aquel mar de estrellas era el final de su periplo, su Ítaca particular, la estrella más cercana al Sol: Próxima Centauri.

El argonauta de las estrellas dio gracias en silencio a los sabios de la Tierra que, mucho tiempo atrás, consiguieron dominar las extrañas particularidades que se desprendían de viajar por el espacio y el tiempo a la velocidad de la luz. Antiguos eran ya los tiempos, allá por los albores del siglo XXI, en los que pocos eran capaces de imaginar una proeza así. Ahora, los seres humanos podían, al fin, viajar a través de años luz de oscuridad a una velocidad inimaginable. Ahora, por fin, los seres humanos eran capaces de proyectarse más allá de las difusas fronteras del Sistema Solar, donde habían permanecido tanto tiempo confinados. Y aquel era el primer viaje, hacia allí, hacia aquella estrella roja en el centro de su campo de visión, aquel punto de luz más pequeño que el Sol, un astro prometedor que suponía el final de tantos esfuerzos y el principio de algo totalmente desconocido y fascinante.

Hubo quien dijo que aquel viaje era descabellado… Hubo quien vaticinó los más terribles finales, parapetados en discursos sobre el final de los tiempos, como había pasado tantas y tantas veces.

Pero había razones de peso para emprender una aventura de tanta envergadura y, aunque algunas de ellas parecían muy lejanas e imprecisas, los científicos terrestres no se cansaron de repetirlas. El viajero las tenía grabadas en la memoria como si fueran su mantra, su tao particular que lo acompañaba, a él y a sus compañeros aún dormidos… El mensajero terrestre sabía que dentro de mil millones de años, una aparente eternidad, la mecánica cósmica y los dictados de la luz y la energía, conducirían a nuestro planeta, de forma inevitable, a su dispersión por el espacio. Los océanos se vaporizarían debido a la energía solar, mucho más intensa que en la actualidad y nuestras huellas impresas entre las rocas milenarias de la pequeña mota de polvo azul «se desvanecerían en el tiempo como lágrimas en la lluvia». El viajero sonrió al pensar en aquellas palabras prestadas de una vieja película del lejano siglo XX.

Era preciso pues, pensar en el futuro, aunque pareciera quedar muy lejos…

Las mentes más brillantes del mundo averiguaron de qué manera encajan algunos de los ornamentos de la existencia; se dieron cuenta de que nuestra presencia en el vasto Universo se parecía a un tremendo milagro (aunque a veces les costara llamarlo así), porque la receta que lo hacía posible era de una exactitud milimétrica, de una precisión casi mística; además, habían constatado que la más pequeña variación de las reglas del juego cósmico nos alejaba del ser y del estar: simplemente, dejábamos de existir, incapaces de encajar en el rompecabezas cósmico. Todo ello convertía a nuestra mota de polvo azul en una joya sin precio, un regalo de proporciones colosales al que le debíamos todo cuanto habíamos sido, todo cuanto éramos y cada una de las cosas que llegaríamos a ser.

Así, el adiós a la Tierra merecía el esfuerzo colosal de buscar un nuevo hogar en el que anclar los deseos y las esperanzas de tantas almas.

El viajero seguía ensimismado entre aquellos pensamientos que mezclaban pasado y  futuro, mientras las notas del genio alemán se dispersaban como el aroma de un sueño que vence al paso del tiempo.

Se arremolinó en su butaca privilegiada mientras no apartaba la mirada del cielo negro tachonado de luz. Se percató de que incluso a casi 300 000 km por segundo, el viaje había sido largo. Más de cuatro años escondido en su cubículo, rendido a la burbuja de vida que era su nave, la tabla de salvación, el límite que lo separaba de una muerte sin nombre. Fueron cuatro años, la mayor parte de los cuales los pasó dormido, esperando el momento en el que Bach sonara como una exhalación, como un faro en mitad de aquel doloroso y contumaz silencio.

Finalmente, cuando llegara por fin a vislumbrar la estrella en todo su esplendor, la silueta recortada en la frágil transparencia de la ventana de observación, entonces sería el momento de llamar a casa, de dar la gran noticia de la llegada de los pequeños seres humanos hacia una nueva colección de mundos al alcance de la curiosidad y la sabiduría de aquellos que nacieron en la Tierra.

Fue entonces cuando sus pensamientos se quebraron en un desaliento. A pesar de ser algo conocido, recordó que los científicos de su planeta no habían encontrado aún otra manera de comunicarse a través del espacio que no fuera por medio de las ondas invisibles de las emisiones de radio, las cuales viajaban a la misma velocidad que lo habían hecho él y sus compañeros, la velocidad de la luz. Entonces cayó en la cuenta de que su mensaje de victoria, su saludo a los seres que amaba, tardaría más de cuatro años en llegar a su destino, el mismo tiempo que él había utilizado en su viaje, fruto de las locuaces y malditas distancias que lo separaban de cualquier lugar.

Y se le hacía aún más difícil pensar en el detalle que más le dolía de esta aventura infinita; debido a los efectos sobre el paso del tiempo que habría tenido su viaje, sus amigos y seres queridos, allí en la lejana Tierra, estarían extrañamente envejecidos o, en el peor de los casos, irremediablemente muertos.

Intentó consolarse con las imágenes de un nuevo capítulo de la Humanidad, escrito entre las estrellas, donde los osados habitantes del planeta turquesa bailarían la danza de las esferas con el aliento de encontrar una nueva gema en medio de la oscuridad, un lugar que estuviera a la altura de la cuna que los vio nacer, un rincón donde seguir elaborando la delicada fragancia de la trascendencia.

Dejó que siguiera sonando la música, una voz que se desvanecía lentamente… Se dejó acompañar por la profunda serenidad que emanaba de aquellas notas escritas hacía tantos siglos y que aún ahora, en aquel mar infinito de estrellas sin nombre, le traspasaban el corazón.

Xavi Villanueva