Kintsugi,el arte de reconstruirse por fuera y crecer por dentro

La magnitud del momento que estamos viviendo como sociedad no estaba escrito en los libros, de la misma forma que tantas otras situaciones extremas o catástrofes que han marcado un antes y un después en la vida de muchos seres humanos, culturas y sociedades a lo largo de la historia. ¿Cómo se sobrepusieron a ellas? ¿Cuál fue el espíritu, la filosofía o la actitud que los animó y ayudó a sobrellevar esos momentos críticos? Es la pregunta que surge junto a la necesidad de ejemplos que nos puedan dar respuesta e inspirarnos en estos momentos.

La situación actual no es fácil, está innovando un cambio de trescientos sesenta grados, además de sacarnos de nuestra zona de confort. Nos ha superado y desbordado en muchos aspectos, haciendo tambalear los cimientos sobre los que nos sosteníamos, provocando un replanteamiento de nuestras vidas, tanto a nivel individual como colectivo. El coronavirus está rompiendo lo que éramos y resquebrajando las formas viejas que teníamos de hacer y de pensar para crear otras nuevas, como si se tratase de la renovación de la piel de una serpiente o del desprendimiento de una mariposa de su capullo de seda.

Deberíamos preguntarnos ¿Qué es lo que realmente este momento extraordinario tiene para nosotros? Puede que lo tengamos que descubrir individualmente como parte de nuestro trabajo interior, sin embargo, para sacarle mayor provecho, hay que recordar que todo momento de crisis abre nuevas oportunidades de autoconocimiento, búsqueda y profundización. Son momentos de cambio y por tanto, de crecimiento y transformación, si sabemos aprovecharlo. El modo de cómo gestionemos o resolvamos cada etapa de la vida, lo que seamos capaces de aprender o descifrar al recoger experiencia, nos mejorará como seres humanos ayudándonos a ser resilientes y a fortalecernos con cada instante histórico.

Reinventarse o reconstruirnos es una necesidad urgente en estos tiempos de incertidumbre que corren y que nos obligan a dar nuestra mejor versión para salir victoriosos de este tiempo extraño y de cambio. Haciendo un símil del arte, como la construcción que cada uno hace de sí mismo, estas palabras se convierten en una metáfora de moda que me ha recordado el sentido que tiene en el arte Zen, la antigua técnica llamada Kintsugi. Un ejemplo inspirador, cargado de la claridad y de la belleza con la que los antiguos maestros zen japoneses planteaban las situaciones que nos resquebrajan y nos tambalean por dentro.

El do en el pensamiento y las artes zen, es un camino de realización personal, el espíritu utilizado en la ejecución de cualquier arte o acción, entregando lo mejor con amor y dedicación. El do no se practica, lo que se practica es el arte y la técnica de ese arte. Por eso decimos que el Zen es vivencial y que va de corazón a corazón.

Toda práctica imbuida de este espíritu y la filosofía del Zen, se convierte en un trabajo en doble sentido: a medida que creas algo externo, te vas construyendo a ti mismo por dentro. Podríamos hablar de un proceso alquímico que trasmuta y mejora en otra cosa. La materia inicial trabajada de nosotros mismos, tras la vivencia del proceso de creación ya no es la misma; se va purificando, quitando lo que le sobra, transformándose en un material más perfeccionado, fruto de esa práctica constante y la experiencia extraída. Decimos entonces que la materia ha evolucionado, se ha espiritualizado al imbuirse de ese espíritu del Zen. El cambio externo da lugar a una alquimia interna que conduce a explorar el mundo de las esencias y a la trascendencia de lo cotidiano.

Es entonces cuando el trabajo en el taller encuentra su eco en el trabajo interior de cada persona. El fruto de la vivencia y la puesta en práctica es la experiencia extraída válida para seguir avanzando. Así, una práctica artística se puede convertir en objeto de meditación, la concentración de la atención y la conciencia, en la acción, en vivencia del aquí y el ahora.

El Kintsugi aúna todos estos conceptos. Es un término japonés que aunque no tiene fácil traducción, quiere expresar «carpintería de oro», «unión con oro», relacionado con el termino Kintsukuroi que significa «reparación con oro». Es el arte tradicional de la restauración que consiste en arreglar las fracturas de los objetos de cerámica que con el tiempo o por accidente se han agrietado o sufrido algún daño. Tapando las grietas con masilla de resina mezclada con oro, plata o platino, se crea un revestimiento hermoso de hilos dorados que dotan a la pieza de un aspecto único y más fuerte, porque jamás se volverá a romper por ese lugar.

Su historia se remonta al siglo XV, cuando el shōgun Ashikaga Yoshimasa envió a China, para ser reparado, uno de sus tazones de té favoritos. El tazón volvió reparado, con unas grapas de metal que lo transformaban en tosco y desagradable a la vista. El resultado no fue de su agrado, así que buscó artesanos japoneses que hicieran una mejor reparación. De ahí surgió una nueva forma convertida en arte zen.

El Kintsugi, además de un arte y una técnica, es una filosofía de vida que plantea que, en lugar de tirar el objeto dañado o roto, se recuperen y se restauren transformándolos estéticamente. No busca ocultar los daños. Por el contrario, deben verse y mostrarse poniendo de manifiesto el proceso de su renovación. Esto le da una nueva apariencia y se le ofrece una nueva vida, como si fuera una segunda oportunidad. Para los maestros zen, cualquier objeto que ha sufrido un deterioro y ha sido reconstruido, cobra un valor propio, mayor que las piezas que nunca se rompieron. Las roturas y reparaciones tienen una historia que contar y una experiencia de la vida que son vistas como un elemento que lo embellece y fortalece.

La expresión japonesa Wabi-sabi habla de hallar la belleza de las imperfecciones, enfatizando así que el verdadero valor de un objeto o personas no radica exclusivamente en su belleza externa, sino en la historia que posee, en las circunstancias que ha superado y en lo fuerte que le ha hecho esa mella. Es necesario tener mirada de artista para que todo aquello que en nosotros está roto, quebrado o defectuoso nos invite a encontrar belleza en los lugares más insospechados y nos lleve a convertirnos en auténticos arquitectos de nuestro propio destino. De la misma manera, el artista zen va revistiendo de oro los trozos rotos. Le sirve a la vez para cicatrizar pequeñas o grandes astillas que se han quebrado en su interior por el hacer diario y cotidiano, a la vez que se entrena para vivir la aceptación y el desapego a las cosas materiales y pérdidas de la vida. Al mismo tiempo que restaura ese vaso roto, se va restaurando a sí mismo.

Cada fisura es una historia y cada arreglo es una experiencia pulida y ennoblecida, que sirve para sanar las heridas del alma, sanar nuestro pasado y aprender a perdonar nuestros errores.

Las personas que salen restablecidas y con más fuerza de situaciones difíciles se dice que son personas con alta resiliencia, lo cual dota de significado a este arte. La resiliencia es esa capacidad para afrontar la adversidad o situaciones límites y difíciles y lograr adaptarse y salir fortalecidos de ellas. Convertirnos en una persona resiliente hace posible que podamos recomponernos por dentro y por fuera, nos da la oportunidad para resurgir con fuerza y determinación ante los obstáculos que la vida nos ponga por delante, devolviéndonos la sonrisa.

La vida que vivimos está repleta de fisuras por múltiples circunstancias. Estamos expuestos al paso del tiempo, al desgaste, a la adversidad, la enfermedad, el dolor, el desamor o la pérdida. Y esas dificultades pueden ser reparadas a través de un trabajo interior y un aprendizaje, que nos permitirá lograr extraer el elixir de cada experiencia de la vida mediante el pulido con oro de la repetición consciente. Cuando algo se quiebra en nosotros, es necesario tener la paciencia y dedicación de un restaurador para sanar la herida con sinceridad y con perdón. Cuando alguien comete un error o hace algo indebido causando dolor, ya sea consciente o inconsciente, el perdón y el amor, son la resina que permite unir la herida. Y tal vez, en ese proceso restaurador, la maestría es descubrir que unir lo roto en ti y en los demás, era parte de lo que tenías que hacer, además de mostrar tu fuerza para provocar un cambio verdadero. Por tanto, es un doble trabajo, a medida que sanas tus heridas, ayudas a sanar las de los demás y a restablecer aquello que se había roto.

Primero es necesario admitirlo y pedir disculpa desde lo más profundo del alma, para luego restaurar con Kintsugi, con sinceridad, dedicación y amor, el corazón de la persona herida, haciéndola indestructible al ser unida con el oro alquímico del corazón. Aunque ocupe el mismo lugar, será él mismo, auténtico, bello y siendo ejemplo de renovación constante.

El Kintsugi celebra las imperfecciones y nos recuerda que no estamos exentos de ellas. Es superándolas donde reside un crisol de posibilidades para aportar a los demás, ser más bellos y encontrar un manantial de historias cargadas de sabiduría y experiencia enriquecedoras de las que aprender, para el ojo sensible capaz de apreciarlo.

Una vez escuché una frase que decía: cada siguiente nivel de tu vida demandará una nueva versión de ti mismo. Puedes tropezar y romperte en la vida y también puedes levantarte y reconstruirte una y mil veces; aprender de la adversidad y llevar tus cicatrices con orgullo como una insignia. La vida perfecta depende de nuestra actitud ante ella, y cuando esa vivencia se transforma en útil, hermosa e inspiradora para los demás, entonces valió la pena.

Este arte da al concepto de pérdida o destrucción un nuevo enfoque. Nuestras grietas valen oro, nuestras arrugas o heridas nos acompañan, esto es lo que somos y forma parte de nosotros.

El arte aquí se muestra como un libro abierto, uno de los mejores espejos de nosotros mismos, de nuestra predisposición, mostrando nuestra forma de actuar ante la vida. Y en su proceso nos da la oportunidad de cambiar, de destaponar trabas, superar bloqueos y terminar de cicatrizar heridas.

Profundizar en todos estos temas es realmente apasionante y nos deja reflexionando sobre el sentido de nuestra existencia. ¿Qué me tiene reservada la vida y qué podré transmitir a aquellos que me recuerden en el futuro? Aunque sean difíciles, el hecho de superarlas habrá valido la pena…

El poeta Rumi decía que «la herida es el lugar por donde entra la luz». La luz disipa la oscuridad, genera orden, armoniza y equilibra, proporcionando salud y belleza. Puede que cuando las circunstancias sean adversas, nos resquebraje y nos cause herida; un rayito de luz nos ilumine indicándonos un nuevo camino de crecimiento hacia el siguiente nivel, ese que ahora necesitamos y buscamos. Es entonces cuando podremos quitar el estuco de barro que resguarda nuestro ser interior y que como la estatua del Buda de oro o Wat Traimit de Bangkok, está esperando a ser descubierta para hacer aflorar la mejor versión de nosotros mismos.

Mónica Gutiérrez

1 Comment

  1. Muchas gracias Mónica por compartir tus conocimientos a través de este artículo y destacar esta habilidad de “restaurar” lo resquebrajado como un arte a cultivar……

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: